Cuatro hijas de Juan Arístides Rodríguez, exfuncionario del Ministerio de Interior y Policía, lo acusan de haberlas sometido a abusos sexuales sistemáticos durante años, iniciados cuando eran niñas de entre nueve y diez años. Según los testimonios recopilados en el programa Código Calle, el hombre desmontaba progresivamente su privacidad, normalizaba besos en la boca, tocamientos y relaciones sexuales bajo el pretexto de “enseñarles la vida” y protegerlas de peligros externos. Las víctimas relatan que las drogaba con un polvo blanco antes de los actos y las controlaba mediante aislamiento social, prohibición de novios y amenazas de violencia física.

Una de las hijas narra que los abusos se repetían hasta tres veces al día, que el acusado llevaba control de sus ciclos menstruales y que, al embarazarla a los 15 años, le suministró pastillas para interrumpir el embarazo. Otra hija trabajó como asistente de su padre en cargos públicos y describe un patrón de acoso y manipulación que generó en las jóvenes depresión, trastornos alimenticios, insomnio y miedo constante. Las denunciantes señalan que el hombre impedía sus intentos de escape y las golpeaba cuando se resistían, manteniéndolas en un entorno de terror y lavado de cerebro que les impedía identificar claramente los hechos como violaciones.

El caso enfrentó la justicia a través de querellas interpuestas por tres de las hijas, mientras una cuarta reside en el extranjero. En 2019, el Tercer Tribunal Colegiado de Santiago condenó a Rodríguez a 20 años de prisión por incesto y violación agravada. Las víctimas, que rompieron el silencio tras décadas de sufrimiento, exigen que se cumpla la pena máxima y advierten que un hombre capaz de abusar de sus propias hijas representa un peligro para la sociedad. El proceso ha dejado secuelas profundas en las jóvenes, quienes aún luchan con traumas y sentimientos de culpa.