El año 2017 quedó grabado en la memoria colectiva dominicana por una serie de crímenes que estremecieron a la sociedad y abrieron debates profundos sobre violencia, impunidad y protección de los más vulnerables. El caso que mayor conmoción generó fue el de Emely Peguero, una adolescente de 16 años de Cenoví, San Francisco de Macorís, quien con cinco meses de embarazo fue asesinada tras un aborto forzado. El principal acusado, Marlon Martínez, y su madre fueron señalados por planificar la desaparición del cuerpo, en un hecho que provocó indignación nacional y movilizaciones sociales exigiendo justicia.
Otro crimen atroz ocurrió en agosto, cuando el monaguillo Fernely Carrión Saviñón, de 16 años, fue asesinado a martillazos y puñaladas. El responsable confesó ser el sacerdote Elvin Taveras , quien alegó chantaje por parte del menor. El hecho conmocionó a la comunidad religiosa y reavivó discusiones sobre abuso de poder y violencia sexual. A estos casos se sumó el asesinato del catedrático universitario Junior Ramírez, hallado encadenado a un bloque en un río, crimen que vinculó a funcionarios públicos y profundizó la desconfianza ciudadana en las instituciones.
La violencia también golpeó a familias enteras. En Santo Domingo Norte, el raso policial Paola Encarnación Mejía fue asesinado junto a su hijo de dos años frente a su vivienda, con agentes del orden implicados en el hecho. Asimismo, el homicidio de una pareja de ancianos españoles en Gazcue, el secuestro y asesinato de Eddy Peña en San Cristóbal, y la muerte de la niña Rosa Iris Maite, de 11 años, tras ser violada, completaron un año marcado por el horror. Estos crímenes evidenciaron que la delincuencia y la violencia se consolidaron como una de las principales preocupaciones de la población dominicana.