Dicen que el rey Salomón consumía cada día decenas de animales para alimentar a su gente. No era un lujo vacío, era una forma de mostrar que en su reino había abundancia para todos.
Hoy, si alguien hablara así, muchos pensarían que es un derrochador. Porque vivimos con miedo a que el dinero se acabe, a que mañana no alcance, a quedarnos sin nada.
Pero la historia de Salomón enseña algo distinto: la riqueza no solo está en lo que guardas, sino en lo que haces circular.
Salomón no acumulaba por miedo. Invertía en su gente, en sus proyectos y en el crecimiento de su reino. Mientras unos veían gasto, él veía oportunidades para crear más.
La diferencia está en la mentalidad. Hay quienes ven el dinero como algo que se termina… y otros lo ven como algo que puede crecer. La abundancia empieza en la forma de pensar. Cuando solo guardas por miedo, todo se detiene. Pero cuando inviertes, ayudas y construyes, las oportunidades empiezan a moverse.
No se trata de gastar sin pensar, sino de dejar de vivir con miedo a perderlo todo. Porque muchas veces el mayor límite no está en el bolsillo… sino en la mente.