La forma en que muchas personas interpretan los problemas cotidianos revela una trampa mental frecuente: pensar la vida de manera lineal y no circular. Así lo expone Juan Lamur al reflexionar sobre cómo un conflicto presente suele percibirse como una condena permanente. Cuando el individuo asume que lo que ocurre hoy se extenderá intacto hacia el futuro, pierde de vista los ciclos naturales de la existencia, donde las crisis aparecen, se transforman y, eventualmente, se disuelven. Esta visión rígida genera angustia, paraliza decisiones y refuerza la sensación de que todas las salidas están cerradas, incluso cuando no lo están.
En ese marco mental prospera la crítica constante y la queja como forma de vida. Se observa una tendencia a fijar la atención únicamente en el “punto negro” de una pared completamente blanca. La dificultad no está en reconocer los problemas, sino en convertirlos en el único eje del discurso personal y colectivo. Esa actitud termina por distorsionar la realidad, pues invisibiliza oportunidades, aprendizajes y soluciones posibles. El problema deja de ser un hecho concreto y se convierte en identidad. Cuando esto ocurre, la percepción del entorno se empobrece y la capacidad de acción se debilita, alimentando un círculo de frustración que se autojustifica.
Comprender la vida como un proceso circular implica aceptar el cambio, la impermanencia y la posibilidad de recomenzar. No se trata de negar las dificultades, sino de ubicarlas en su justa dimensión. La historia personal y social demuestra que los momentos críticos no son eternos, aunque se sientan así cuando se viven. Mirar la pared completa, y no solo la mancha, es un ejercicio de madurez emocional y social. Al final, como señala Lamur, la vida es un carnaval: caótica, intensa, contradictoria, pero también llena de color. Desentrañarse es aprender a bailar dentro de ella, sin quedarse inmóvil frente al miedo.