La violencia de género continúa siendo uno de los problemas sociales más complejos, y aunque tradicionalmente se asocia a la agresión contra la mujer, la realidad demuestra que no distingue sexo. En distintas fiscalías barriales del país se reciben a diario denuncias de hombres que acuden en busca de protección, alegando amenazas, agresiones físicas y persecución por parte de sus parejas. Sin embargo, estos casos suelen ser minimizados o tratados con burla social, lo que provoca que muchos no se atrevan a denunciar formalmente.
De acuerdo con datos manejados en instancias comunitarias, entre cuatro y diez querellas por violencia de género se registran diariamente, y cerca del veinte por ciento corresponde a hombres. Los motivos más frecuentes incluyen celos enfermizos, conflictos económicos y conductas emocionales inestables. Aun así, una gran parte de estos episodios no llega a convertirse en denuncia formal, debido al temor al ridículo, la vergüenza y la presión del modelo machista que impone la idea de que un hombre no puede ser víctima de agresión.
Esta percepción cultural refuerza el silencio y la impunidad. Mientras la agresión hacia la mujer genera una reacción inmediata de solidaridad —como debe ser—, cuando la violencia ocurre en sentido inverso suele convertirse en motivo de risa o incredulidad. Expertos advierten que esta doble moral impide una verdadera prevención y deja desprotegidas a víctimas reales. La violencia, sin importar quién la ejerza, debe ser atendida con el mismo rigor institucional. Reconocer que los hombres también pueden ser víctimas no resta importancia a la lucha femenina, sino que amplía el enfoque hacia una protección integral basada en el respeto, la salud emocional y la igualdad ante la ley.