El huracán María dejó una estela de destrucción y muerte a su paso por el Caribe, con al menos 13 fallecidos reportados solo en Puerto Rico. El fenómeno azotó la isla un día antes de pasar cerca de la costa norte de República Dominicana, provocando daños generalizados en viviendas, infraestructura y servicios básicos. Durante cinco días, los aeropuertos permanecieron cerrados, permitiendo únicamente la llegada de aeronaves militares con ayuda humanitaria. Al reabrirse parcialmente el tránsito aéreo, la magnitud del desastre quedó en evidencia: una isla sumida en la oscuridad, con extensos sectores sin energía eléctrica, comunicaciones limitadas y un toque de queda vigente desde las seis de la tarde.
Las zonas de Humacao y Toa Baja figuran entre las más afectadas, con severos daños estructurales, inundaciones y comunidades enteras cubiertas de escombros. En barrios como Barrio Obrero, en San Juan, donde reside una amplia comunidad dominicana, las historias de pérdida se repiten. Viviendas sin techo, electrodomésticos dañados, alimentos echados a perder y familias obligadas a refugiarse con vecinos marcan el panorama. La desesperación crece ante las largas filas para conseguir combustible y agua, con despachos limitados y horas de espera bajo el sol. Para muchos, la prioridad es proteger lo poco que quedó y asegurar alimento diario.
La ayuda federal comenzó a llegar con el despliegue de FEMA, que movilizó millones de dólares, agua potable, raciones de comida y generadores eléctricos para mitigar la emergencia. Camiones militares distribuyen suministros mientras las autoridades intentan restablecer servicios esenciales. Desde Puerto Rico se agradece el respaldo solidario de República Dominicana, donde se organizan maratones y envíos de ayuda. A pesar del dolor y las pérdidas materiales, los afectados coinciden en un mensaje común: la vida prevalece, pero la reconstrucción será larga y exigirá apoyo constante para miles de familias que hoy lo perdieron todo.