La comunicadora Mariasela Álvarez cuestionó públicamente al exponente urbano Shelow Shaq por un video musical grabado en un barrio, donde aparecen armas de fuego, cigarrillos y lenguaje explícito frente a numerosos niños. El material, que circuló ampliamente en redes sociales, generó una ola de críticas por la normalización de la violencia y el impacto simbólico en menores que observaban la grabación como espectadores directos y luego potenciales consumidores del contenido digital.
Durante su intervención televisiva, Álvarez reconoció que el artista ofreció disculpas y explicó que intentó retirar a los niños del área de grabación, incluso contactando a padres del sector. Sin embargo, subrayó que ese argumento no exime de responsabilidad a la producción. A diferencia de los rodajes cinematográficos, donde se delimitan espacios y se controla el acceso del público, en este caso no hubo barreras ni filtros. La imagen de ídolos urbanos manipulando armas largas frente a niños pequeños, afirmó, transmite un modelo de éxito peligroso y distorsionado, que asocia poder, respeto y reconocimiento con violencia y ostentación.
El debate se amplió hacia el rol social de la música urbana y su influencia en audiencias jóvenes. Aunque se reconoce que la violencia existe en los barrios, se insistió en que no define a sus comunidades ni a sus habitantes. La crítica no se limitó al rodaje, sino a la posible publicación definitiva del video en internet, donde quedaría “para la posteridad”. Desde el panel se exhortó al artista a no difundir el material si su arrepentimiento es genuino y a replantear letras e imágenes, especialmente siendo padre. El llamado final fue claro: contrarrestar la violencia desde la cultura popular, no reforzarla, asumiendo que la música también educa y deja huellas duraderas en niños y adolescentes.