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Un día, en una noche de borrachera con mis amigos, nos quedamos sin dinero en un bar. Decidimos atracar a un hombre misterioso que parecía ser más que un simple humano. A pesar de nuestros esfuerzos, no pudimos someterlo, y en ese momento supe que no era un ser normal. Tenía patas similares a las de una cabra y un rostro siniestro. Mis amigos huyeron, dejándome solo con él.

Este hombre, o lo que fuera, me habló diciendo que conocía mis ambiciones y que podía darme lo que deseaba. Me ofreció un regalo que cambiaría mi vida para siempre. Luché con la idea, pero la ambición me ganó y acepté su propuesta.

En el panteón municipal, encontré tres ollas llenas de centenarios de oro. Mi vida cambió drásticamente, compré propiedades y llevaba una vida de lujos y excesos. Sin embargo, mi avaricia me llevó a perder el sentido de la realidad, y empecé a tener pesadillas y crisis nerviosas.

Un día, leyendo el periódico, vi que una serie de brutales asesinatos habían ocurrido en la ciudad. Las descripciones coincidían con mis pesadillas, lo que me hizo pensar que estaba perdiendo la cordura. El hombre misterioso volvió a aparecer, reclamando su pago, y me dejó claro que estaba en sus manos.

Desesperado, busqué ayuda en Dios, pero las pesadillas seguían atormentándome. Una noche, en un episodio de locura, asesiné a mi propia madre. Fui descubierto y condenado a prisión, donde ahora pago por mis pecados.

Mi historia es un recordatorio de que los deseos malintencionados pueden tener un alto precio. La ambición desmedida y el egoísmo me llevaron a la perdición y la desgracia. Espero que mi historia sirva de advertencia para aquellos que siguen mi camino y que aprendan a valorar lo que realmente importa en la vida antes de que sea demasiado tarde.