La pobreza extrema convierte la vida cotidiana en una constante lucha por la supervivencia a la que los menores se suman tan pronto como sus cuerpos les capacitan para trabajar.

Miles de niños y adolescentes togoleses se ven forzados a emplearse como mano de obra barata o directamente esclava, bien en su propio país, bien en los vecinos. Educados en la necesidad y la resignación, tal vez ni siquiera logren nunca advertir la injusticia que supone arrebatarles la infancia por un puñado de monedas.