Tras el devastador paso del huracán Irma, la isla de Barbuda quedó prácticamente arrasada. Meses después del impacto, el territorio seguía desolado, con infraestructuras destruidas y una población desplazada casi en su totalidad. Más del noventa por ciento de las viviendas resultaron inhabitables, obligando a los residentes a refugiarse en islas vecinas. En medio de este panorama, la recuperación avanzaba lentamente, marcada por la escasez de recursos y por el trauma de quienes lo perdieron todo en cuestión de horas.

Con el objetivo de documentar la magnitud del desastre y acompañar los esfuerzos de ayuda, la periodista Angela Cruz participó en una misión humanitaria organizada por Samaritan’s Purse. El recorrido inició en Miami, continuó por Filadelfia y Carolina del Norte, y culminó en un vuelo privado hacia el Caribe. Además de suministros básicos, el equipo transportaba cientos de cajas con juguetes destinados a niños afectados, como un gesto simbólico para devolverles esperanza. La misión no solo buscaba asistir materialmente, sino también enviar un mensaje claro: Barbuda no había sido olvidada.

El acceso final a Barbuda se realizó por mar desde Antigua, revelando un escenario de ruinas y silencio. En la isla permanecían apenas algunos residentes, aferrados a la fe mientras enfrentaban condiciones extremas. Testimonios recogidos durante la visita reflejaron el impacto emocional del desastre y la ausencia inicial de atención médica adecuada. Aun así, la labor humanitaria logró sembrar consuelo entre los sobrevivientes. En medio de la destrucción, pequeños gestos —una oración, una sonrisa infantil— se convirtieron en símbolos de resistencia y esperanza para una comunidad que aún lucha por reconstruir su futuro.