Desde el año 2015 hasta la fecha, ciento treinta y ocho agentes de la Policía Nacional han sido asesinados por delincuentes en la República Dominicana, una cifra que refleja una alarmante frecuencia: en promedio, un policía pierde la vida cada siete días. El principal móvil de estos crímenes ha sido el despojo del arma de reglamento. Solo en 2015 se registraron cincuenta y tres asesinatos; en 2016, cuarenta y dos; y en lo que va del año actual, ya suman cuarenta y tres agentes caídos, lo que confirma una tendencia persistente y preocupante.

Los rangos más afectados son los más bajos dentro de la institución. Los rasos encabezan la lista de víctimas, seguidos por cabos y sargentos, quienes suelen ocupar las posiciones operativas de mayor exposición. Son estos agentes quienes patrullan barrios vulnerables, persiguen delincuentes en callejones y enfrentan situaciones de alto riesgo con recursos limitados. A esta realidad se suma la falta de preparación adecuada para el manejo de escenas delictivas y el enfrentamiento directo con individuos armados o bajo efectos de sustancias ilícitas.

Entre las causas identificadas figuran deficiencias en entrenamiento, escasez de equipos, bajo salario, limitaciones en transporte, patrullaje y alimentación. A ello se añade la falta de cooperación comunitaria, ya que en muchos sectores los delincuentes son protegidos por familiares y allegados. También preocupa la infiltración del crimen organizado dentro de la institución, con estudios que señalan altos niveles de vinculación policial con el narcotráfico. Casos de represalias, como el asesinato del raso Paul Encarnación Mejía junto a su hijo, evidencian el nivel de riesgo. El panorama plantea una urgencia nacional: fortalecer la seguridad policial antes de que la violencia continúe cobrando más vidas.