Cada 30 de noviembre se conmemora el día de San Andrés, una fecha de profundo significado religioso y cultural que durante décadas formó parte del calendario popular dominicano. San Andrés, discípulo de San Juan el Bautista y posteriormente primer apóstol de Jesús, es recordado también por haber presentado a su hermano Pedro al Mesías. En torno a su figura surgió una tradición festiva que marcó generaciones y que convertía las calles en escenarios de juegos, risas y participación comunitaria.
La celebración consistía en lanzar talco, harina, agua, ceniza y huevos entre vecinos y estudiantes. En sectores más acomodados, la práctica adquiría un matiz distinto: los cascarones se rellenaban con perfumes o sustancias aromáticas, convirtiendo el juego en un gesto simbólico y festivo. Durante años, escuelas y barrios mantenían viva esta costumbre, que fortalecía la convivencia social y la identidad cultural. Sin embargo, con el paso del tiempo, la práctica fue desvirtuándose y perdió su carácter lúdico original.
Entre las principales causas de su desaparición se encuentran la falta de incentivos institucionales y la ausencia de programas de rescate cultural por parte del Ministerio de Cultura. A esto se sumaron excesos cometidos por algunos participantes, quienes comenzaron a utilizar huevos descompuestos, provocando conflictos y reacciones violentas. El temor a incidentes llevó a muchas familias a evitar las calles, acelerando el abandono de la tradición. Paralelamente, celebraciones extranjeras como Halloween y Thanksgiving, impulsadas por el consumismo, fueron ocupando su lugar. Hoy, el día de San Andrés permanece en la memoria colectiva más como recuerdo que como práctica viva, evidenciando la necesidad de preservar las expresiones culturales que forman parte de la identidad nacional.