La tragedia que atraviesa Puerto Rico tras el paso del huracán María ha dejado al descubierto una de las crisis humanitarias más severas de su historia. Las imágenes de la isla devastada superaron cualquier previsión, con comunidades incomunicadas, servicios colapsados y una población sumida en la incertidumbre. Trece días después del desastre, la visita del presidente Donald Trump generó una fuerte controversia, no solo por la tardanza, sino por declaraciones consideradas insensibles ante el sufrimiento colectivo.
El huracán, que impactó como categoría cuatro, provocó pérdidas estimadas entre cuarenta mil y ochenta y cinco mil millones de dólares. La infraestructura eléctrica quedó prácticamente destruida, más del sesenta por ciento de la población permaneció sin agua potable y las cifras oficiales de fallecidos resultaron cuestionadas por diversos sectores. A esto se sumaron largas filas para conseguir combustible, alimentos y dinero en efectivo, mientras miles de contenedores con ayuda humanitaria permanecían sin distribuir por problemas logísticos y burocráticos, según denunciaron residentes y autoridades locales.
En medio de la emergencia, el enfrentamiento político agravó la situación. Los cruces públicos entre el presidente estadounidense y la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, trasladaron el foco del drama humano hacia la confrontación partidaria. Aunque se flexibilizó temporalmente la ley de cabotaje, la ayuda no llegó con la rapidez esperada. Mientras tanto, la población se organizó para sobrevivir mediante redes comunitarias y actos de solidaridad espontánea. Puerto Rico continúa luchando no solo por reconstruir su infraestructura, sino por preservar la dignidad de su gente ante una crisis que exige liderazgo, empatía y respuestas inmediatas.