La pobreza en la República Dominicana continúa mostrando múltiples rostros, pero uno de los más persistentes y dolorosos es el femenino. Especialistas advierten que, aunque los métodos anticonceptivos ayudan a reducir embarazos no deseados, por sí solos no logran romper el ciclo de exclusión social. Para muchas mujeres y adolescentes en condiciones vulnerables, la maternidad temprana no es una elección, sino una consecuencia directa de la precariedad, la falta de oportunidades y la ausencia de un proyecto de vida viable.
Educadoras y profesionales del área social señalan que la pobreza limita severamente el acceso a educación de calidad, formación técnica y desarrollo personal. En numerosos hogares, la responsabilidad económica y emocional de los hijos recae casi exclusivamente en mujeres: madres, abuelas o tías. Ante la desesperación, el cuerpo femenino se convierte en la única moneda de intercambio disponible. Esta realidad ha normalizado prácticas que perpetúan la desigualdad y refuerzan una cultura donde el embarazo adolescente se percibe como una vía de supervivencia, especialmente en comunidades rurales y empobrecidas.
El problema se agrava con la brecha generacional y tecnológica. Los jóvenes actuales están sobreinformados, pero muchas veces mal orientados. Expertos destacan que los modelos de crianza tradicionales ya no funcionan frente a una generación con menor capacidad de atención y mayor exposición digital. A esto se suma el fenómeno de las uniones tempranas, conocidas como “niñas esposadas”, donde menores de 14 años conviven con hombres adultos, situación directamente vinculada a la pobreza estructural. Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que la solución exige políticas públicas integrales: educación sexual efectiva, reducción real de la pobreza, creación de oportunidades comunitarias y una nueva masculinidad responsable. Sin estos cambios, la desigualdad seguirá heredándose de generación en generación.