República Dominicana se encuentra en la ruta natural de los huracanes, y su historia reciente ha quedado marcada por desastres que transformaron la memoria colectiva y las políticas de prevención. El 3 de septiembre de 1930, sin sistemas de medición ni pronósticos, el huracán San Zenón —categoría 4— atravesó Santo Domingo, sorprendiendo a la población cuando el ojo del ciclón trajo una calma engañosa antes del impacto final. La devastación fue tal que redefinió los estándares de construcción: a partir de entonces, las edificaciones clave comenzaron a levantarse con bloque y cemento, sentando las bases de una nueva cultura de resiliencia.

Casi medio siglo después, en 1979, el huracán David volvió a sacudir al país con vientos de hasta 240 kilómetros por hora al penetrar por Jaina. El saldo fue desolador: más de 2,500 fallecidos, cultivos arrasados y una capital gravemente afectada. Cuatro días después, la tormenta Federico agravó la tragedia, dejando a más de 600,000 personas sin hogar. Las medidas de emergencia, incluido el toque de queda, reflejaron la magnitud del colapso social y económico, cuya recuperación tomó años. En 1998, el huracán Georges repitió la historia de la imprevisión: advertencias minimizadas, desalojos desoídos y cientos de muertes, con San Juan de la Maguana como epicentro del dolor.

El siglo XXI tampoco estuvo exento. En 2007, las tormentas Noel y Olga causaron inundaciones históricas, colapsos de presas y denuncias por fallas en la gestión del riesgo. Puentes destruidos, comunidades borradas y cifras de víctimas aún cuestionadas reavivaron el debate sobre responsabilidades y preparación. Aunque el país ha evitado impactos mayores en años recientes, la lección persiste: la preparación constante es la única garantía frente a fenómenos que, tarde o temprano, volverán a tocar nuestras costas.