El 22 de septiembre de 1998, la República Dominicana sufrió el impacto del huracán Georges, uno de los fenómenos más devastadores de su historia reciente. La magnitud de los daños y la pérdida de vidas humanas se vieron agravadas por la falta de preparación y mensajes oficiales que minimizaron el riesgo. Con la población aún en shock, una semana después ocurrió un episodio tan inquietante como insólito: un rumor nocturno desató el pánico colectivo ante la supuesta llegada inminente de un “maremoto”.
La versión se propagó rápidamente durante la madrugada. Aseguraba que el mar había penetrado por San Pedro de Macorís y avanzaba con velocidad hacia Santo Domingo. En cuestión de minutos, residentes de zonas costeras salieron despavoridos de sus casas, alertando a vecinos y familiares. El sonido de vehículos, gritos y carreras se mezcló con el miedo aún latente por los estragos de Georges. Padres cargaban niños; otros huían en paños menores con lo poco que pudieron tomar, convencidos de que un tsunami arrasaría con todo a su paso.
La estampida culminó en el Mirador Sur, punto alto de la capital donde miles aguardaron el amanecer. Con la salida del sol llegó la calma: no había maremoto, ni olas gigantes, ni amenaza alguna. Nunca se esclareció el origen del rumor, pero el episodio evidenció la vulnerabilidad emocional de una sociedad recién golpeada por un desastre mayor. Afortunadamente, no hubo víctimas; el miedo se disipó y la noche terminó convertida en una improvisada “fiesta de pijamas”. El falso maremoto quedó como una anécdota urbana que recuerda el poder de los rumores en contextos de crisis y la importancia de la información verificada para evitar el pánico colectivo.