Vigilancia


Cientos de coreanos se reunieron esta semana entre lágrimas tras verse separados por la guerra hace seis décadas, con un gran ansia de saber de sus seres queridos. Pero las estrictas normas y la constante vigilancia de funcionarios norcoreanas hacían que, a menudo, las breves reuniones terminara con profundos lamentos sobre preguntas sin hacer y reencuentros futuros que nunca llegarían.


Los participantes de la democrática y acomodada Corea del Sur viajan con una guía que les advierte qué no deben decir a sus parientes de la empobrecida y autoritaria Corea del Norte: nada sobre escasez de comida y problemas económicos, nada que ponga en duda la competencia de las tres generaciones de dictadores Kim.


“Sólo les miré a la cara e hice preguntas como cuántos parientes seguían viviendo en el Norte”, dijo Jan Choon, de 83 años, que se reunió con su hermano y su hermana menores en la ronda de encuentros anterior a la de esta semana. “Deberían habernos dado más tiempo”, dijo Jang, que aún llora cuando piensa en los hermanos a los que vio en febrero del año pasado, aunque sabe que probablemente nunca volverá a verlos.


Tras las lágrimas y los abrazos, a menudo es difícil o quizá imposible tener una conversación de verdad en los reencuentros en el destino turístico norcoreano de Diamond Mountain.


A continuación, un vistazo a lo que ocurre, según participantes pasados, cuando se marchan los periodistas que cubren las reuniones y los parientes de dos países tan distintos tienen tiempo para sí:


Normas surcoreanas


A menudo, los surcoreanos quieren preguntar si sus familiares norcoreanos están bien alimentados pese a los problemas crónicos de desabastecimiento en el Norte. Pero el manual que entrega la Cruz Roja surcoreana, que organiza las reuniones con su equivalente norcoreano, advierte que eso puede provocar a Pyongyang.


“Es deseable evitar una expresión que Corea del Norte pueda malinterpretar… aunque tenga curiosidad”, indica el libro entregado antes de las reuniones del año pasado. Los participantes de esta edición recibieron recomendaciones prácticamente idénticas, según el gobierno en Seúl.


Los surcoreanos deben comprender que “los comentarios políticos, como críticas al liderazgo norcoreano y la situación económica, pueden poner a sus familiares en una situación difícil”.


También recomienda que intenten cambiar de tema “con naturalidad” cuando sus familiares canten canciones de propaganda o hagan comentarios políticos.


Vigilancia norcoreana


Los surcoreanos que asistieron a las reuniones del año pasado señalaron que sus familiares parecían estar vigilados todo el tiempo por funcionarios norcoreanos en el centro de reuniones.


Jeon Ho-yeon, un surcoreano de 82 años, dijo que su hermano norcoreano de 79 años intentó predicar sobre las ventajas del sistema socialista de su país. Jeon dijo que intentó cambiar de tema a cuestiones familiares.


Después fueron a una habitación de hotel para alejarse de periodistas y cámaras, dijo Jeon, pero siguió preocupado por lo que decía en la habitación porque las autoridades surcoreanas le habían dicho que incluso esas conversaciones podrían verse vigiladas.


“Había muchas cosas que quería preguntar, como cómo vivieron mi padre y mi madre antes de morir, pero no pude porque tenía que ser sensible sobre todo”, dijo Jeon.


Park Chun-jae, de 73 años, señaló que al margen del tema de conversación, sus sobrinos norcoreanos parecían decididos a hablarle de su gran calidad de vida. “Me pregunté si les instruyeron que dijeran eso, aunque no fue malo oírlo”, comentó.


Palabras escasas, poco tiempo


Algunos participantes surcoreanos dijeron que era difícil tener conversaciones genuinas y profundas por las restricciones impuestas por Corea del Sur, la preocupación sobre la vigilancia y la intensa cobertura mediática.


“No tuvimos ninguna conversación digna de recordar”, dijo Jeon. “Le vi la cara, supe que mis padres habían muerto, pero eso fue todo”.


Como este año, los que participaron en 2014 no podían dormir en la misma habitación y sólo se les concedieron 12 horas juntos en total. Muchos dijeron que se quedaron sin tiempo antes de descubrir qué clase de vidas habían llevado sus seres queridos.


“Han cambiado mucho. Eran niños que correteaban juntos todos los días, pero sólo pudimos reunirnos después de que nuestro pelo se volviera casi blanco”, dijo Jang.


Restricciones a los regalos


Los surcoreanos no pueden entregar a sus familiares objetos relativamente lujosos debido a las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones unidas por las pruebas nucleares y de misiles de larga distancia que realiza Pyongyang.


Se permiten obsequios como alcohol, productos cosméticos y relojes que cuesten menos de 88 dólares. El oro, la plata y las perlas están prohibidos. El dinero en efectivo debe ser en dólares estadounidense y no superar los 1.500 dólares.


Los norcoreanos suelen regalar licores locales a sus parientes surcoreanos.


Algunos surcoreanos creen que si dan demasiado dinero, las autoridades norcoreanas lo confiscarán.


Jeon dijo haber gastado 880 dólares en dos bolsas llenas de ropa, medicinas y objetos cotidianos para su hermano. También le entregó 500 dólares.


“No mostró mucha gratitud”, dijo Jeon entre risas. “Después supe que la mayoría de los otros surcoreanos dieron unos 1.000 dólares a sus familiares”.