Suicidio


“¿Tú crees en los milagros?”, le preguntó la esposa del arquitecto David Rodríguez el día 30 de enero del 2013, justo en la víspera de que participara en un concurso para ganar la asignación de la construcción de una escuela en Peralvillo, Monte Plata.


Ahogada en sollozos, Pilar viuda Rodríguez, recuerda que su esposo le respondió: “Sí, yo creo en los milagros Y ella le dijo que él ganaría la obra. Al día siguiente, la llamó a las dos de la tarde para decirle que, efectivamente, había ganado el concurso. “Vieja, como tú me dijiste, gané”, recuerda Pilar que le dijo David, un hombre definido por su familia, vecinos y allegados como ejemplar, cariñoso y muy humilde.


Pilar no para de llorar cuando expresa lo lejos que tenía que aquella obra, que parecía una bendición, le traería la muerte a su pareja y la orfandad a sus tres hijos.


La familia, recuerda numerosas situaciones que el arquitecto debió enfrentar luego de que asumiera la obra. Afirman que la mayoría de los empleados que trabajaron en la construcción no fueron contratados por él, si no por los supervisores. Estos recibían el dinero, pagaban y cuadraban de acuerdo a su criterio.


A pesar de que él esperaba la paga de unas siete cubicaciones de la obra, y que concluyó su trabajo el pasado mes de febrero, no llegó a recibir el dinero ni de tres. El monto global era 21.3 millones de peso, pero él recibía migajas. Tanto así, que su esposa afirma que quería comprar un solar en Tierra Linda, un sector populoso de La Romana, donde no le costaría ni 200 mil pesos, y Rodríguez le respondía que no creía que le fuera a alcanzar ni para comprar eso.


Nada en la casa donde vive la familia denota bonanza. Los electrodomésticos y los muebles son los mismos que antes de aquel 30 de enero en que ganar el concurso era algo similar a un milagro para los esposos.


El día de la tragedia, cuando Rodríguez se quitó la vida, su viuda afirma que recibió una llamada de los supervisores, pese a que lo usual era que él los llamara a ellos y no le tomaran el teléfono. Dice que, aunque tenía una camioneta usada, Rodríguez decidió venir a la capital en un autobús público y solo. Antes de salir, ayudó a su hijo de 13 años a hacer las tareas escolares. Esa fue la última vez que su familia lo vio con vida.