President Obama vists the Office of the Director of National Intelligence in Virginia


La estela de civiles que han muerto a causa de la guerra de drones del presidente Barack Obama finalmente tiene el rostro de un estadounidense inocente.


En un momento insólito, Obama apareció en martes en la sala de prensa de la Casa Blanca para pedir disculpas por la muerte accidental de un rehén estadounidense y uno italiano en un ataque a un complejo de Al Qaeda en la frontera entre Afganistán y Paquistán.


Las muertes del rehén estadounidense Warren Weinstein y del italiano Giovanni Lo Porto fueron un golpe angustioso para Obama, la Casa Blanca y los funcionarios antiterroristas de la CIA, quienes se vieron obligados a afrontar la horrorosa realidad en relación a que, como resultado de sus acciones, Estados Unidos ocasionó la muerte de dos cautivos inocentes.


“Es una verdad amarga y cruel que en el caos de una guerra en general, y en nuestra lucha contra los terroristas en concreto, pueden ocurrir errores, y a veces errores de muerte”, dijo Obama.


Pero las muertes también tienen implicaciones políticas y de principios. Fue una sacudida grave para el programa de guerra de drones, el cual es una base de su legado antiterrorista. Plantearon preguntas acerca de si las agencias encubiertas de Estados Unidos habían hecho absolutamente todo lo posible para asegurarse de que ningún civil estuviera en la trayectoria de los ataques aéreos, o si la CIA era culpable de otro fracaso de inteligencia.


La metodología de la campaña de Obama contra el extremismo islamista —la cual incluye los ataques para matar a quienes se sospecha, son militantes— y los riesgos inherentes respecto a basar las decisiones de a dónde dirigir los ataques militares en la ciencia imperfecta del servicio de inteligencia también enfrentarán un nuevo escrutinio.


La muerte de Weinstein también sobrealimentará una controversia acerca de si Estados Unidos, país que se rehúsa a negociar con al Qaeda e ISIS para la liberación de la mayoría de estadounidenses detenidos, hace lo suficiente como para encontrar y traer a casa a los rehenes estadounidenses.


En un sentido político, la tragedia le dio a la administración una nueva crisis de seguridad nacional en una época en la que la política exterior de Obama ya está siendo atacada por los críticos del Capitolio, y en la que la preocupación pública está en aumento por la amenaza de grupos como ISIS.


Cuatro años después de la contundente redada de las fuerzas especiales para matar a Osama bin Laden, el legado de la seguridad nacional de Obama está siendo cuestionado en muchas áreas. El episodio más reciente se produjo después de una redada fallida para liberar a rehenes estadounidenses en Siria, una controversia sobre un intercambio entre un prisionero talibán y un soldado estadounidense, y el colapso del gobierno yemení, un socio vital de EE.UU. en la lucha contra al Qaeda en la península arábiga.


Obama, en su determinación por ponerle fin a las guerras territoriales de Estados Unidos en el Medio Oriente y el sur de Asia, aumentó la intensidad del programa de drones implementado por el gobierno del presidente Bush y ha llevado a cabo cientos de ataques en las regiones fronterizas anárquicas de Afganistán y Paquistán en un programa clasificado que los altos funcionarios rara vez discuten en público.


Indirectamente, las muertes de estos dos rehenes en enero, las cuales se hicieron públicas hasta el jueves, pueden atribuirse a esa funesta decisión presidencial.


El dolor era evidente en el rostro de Obama cuando hizo ese dramático anuncio, uno de los puntos más bajos de una presidencia que se ha visto perjudicada por perpetuas crisis y marcada por su esfuerzo por poner la guerra contra el terrorismo en un equilibrio sostenible.