UltraconectividadLos teléfonos inteligentes y los dispositivos móviles nos han dado a cada uno un “segundo cerebro”, lo que nos permite navegar por nuevas ciudades sin perdernos y hablar diez idiomas distintos con fluidez.


Estos dispositivos, los cuales han hecho nuestras vidas cada vez más convenientes, pronto van a pasar de nuestros bolsillos a nuestros cuerpos internos… piensa en recubrimientos para el iris e implantes cerebrales. Esto hará de nosotros personas más interconectadas y conectadas que nunca.


Evidentemente, las irresistibles alegrías y comodidades de la conectividad móvil son demasiadas como para enumerarlas, y evitarlas es, sin duda, un ejercicio inútil.


Sin embargo, en un futuro próximo, pronostico que una cadena de consecuencias perturbadoras e imprevistas comenzará a dejar salir el aire de esta burbuja inflada e hiperconectada.


Cuando compartimos fotos de nuestros hijos en Flickr, probablemente no esperamos ver que estas se convierten en rostros que aparecen en tazas de café que se venden en el sitio web Koppie-Koppie.


El uso de Twitter (TWTR, Tech30) para comentar la política no se suponía que nos llevara a terminar en la cárcel, tal y como está sucediendo en Turquía.


Darle “like” a una empresa en Facebook (FB, Tech30) no se suponía que debía dar lugar a un marketing gratis.


Tener un teléfono móvil con una tarjeta SIM no se suponía que debía proporcionar una puerta trasera perpetua a los servicios de seguridad del gobierno que quieren escuchar nuestras llamadas.


La lista es interminable, pero esto es solamente la punta del iceberg. Las posibilidades de abuso son abundantes.


Se espera que más de 5.000 millones de personas, y 100.000 millones de ‘cosas’, estén conectadas al Internet en 2020… muchas de ellas a través de dispositivos móviles inalámbricos.


La conectividad ubicua y las mejoras exponenciales a las tecnologías, como la inteligencia artificial, se parecen cada vez más a la energía nuclear. La tecnología es muy prometedora y beneficiosa, pero una vez desplegada, si algo sale mal, no tenemos idea de cómo detenerlo.


Se está haciendo muy claro que sin estándares globales y aplicables que determinen lo que está permitido y lo que está prohibido, nos encontraremos con colapsos frecuentes o ‘Fukushimas de datos’.


La posibilidad de una destrucción catastrófica se encuentra justo al lado de los resultados positivos legítimos. Necesitamos estándares y normas para canalizar este enorme poder.


Los consumidores quieren potentes tecnologías que hagan su vida más fácil, más rica y más productiva, pero no utilizarán los dispositivos móviles y las redes si este es el resultado de una ‘robotización’ progresiva de nuestra sociedad, un descenso en la adicción digital, una pérdida de la privacidad personal y una vigilancia injustificada.


Claro, la mayoría de nosotros todavía gozamos de las nuevas superpotencias de la tecnología móvil, las aplicaciones, mapas y asistentes digitales inteligentes ultra convenientes. Todo es aún muy nuevo y genial… a muchos de nosotros no nos interesa en absoluto el hecho de quedar prácticamente desnudos.


Pero puedes estar seguro de que en algún momento cercano, muchos de nosotros, los ‘innatos digitales’, comenzaremos a oponernos enérgicamente a vivir dentro de una enorme burbuja de información, en la que ya no somos los dueños o beneficiarios, sino que nos hemos convertido en simples tuercas que están sujetas al hipermarketing y la vigilancia predeterminada.


El juego ha cambiado y ojalá la industria móvil haya tomado nota. Los líderes de la industria ya están bien advertidos para que piensen anticipadamente.


Ya no se trata solo de conectar a las personas. También se trata de lo que sucede una vez que se conectan.


Pocos consumidores estarán entusiasmados con el dinero digital, los dispositivos vestibles o los servicios móviles de salud si prevalecen las endebles normas de protección de datos, los contratos sociales anticuados y la débil ética digital.


Es hora de que la codificación por defecto, las normas públicas de información digital y los derechos mundiales sean respetados por todos.