UcraniaEl pequeño Seryozha colorea ensimismado el tanque que acaba de dibujar. Al igual que muchos niños de siete años en el este de Ucrania, tiene dificultades para recordar cómo era antes de la guerra. “Siempre ha habido disparos”, dice, mientras colorea vigorosamente.


Yelena Nikulenko, directora del hogar de niños en la ciudad de Khartsyzk, controlada por los rebeldes, dice que niños como Seryozha han sido lastimados doblemente: En primer lugar huérfanos o abandonados por sus padres, fueron después abandonados por sus nuevas familias cuando el gobierno ucraniano dejó de pagar beneficios a las familias con hijos adoptivos en las áreas controladas por los separatistas.


“Y todavía encima está la guerra, los cañonazos, el temor”, dice Nikulenko. “No hay duda de la herida les durará el resto de sus vidas”.


El conflicto que estalló el año pasado en Ucrania entre las fuerzas del gobierno y los separatistas apoyados por Rusia ha cobrado por lo menos 6.000 vidas y ha desplazado a casi 1.800.000 personas. El Fondo de Naciones Unidas para la Niñez calcula que 1.700.000 niños en ambos lados del conflicto han sido afectados por la falta o precariedad de refugio, nutrición, medicinas o escolaridad.


Los niños se esfuerzan por comprender qué sucede a su alrededor y por qué. La lucha ha disminuido desde que entró en vigencia un cese de fuego el mes pasado, pero persisten el sufrimiento, la soledad y el terror.


En la ciudad de Popasna controlada por el gobierno, a 70 kilómetros (45 millas) al norte del hogar de niños, solo unas pocas personas caminan por las calles semidesiertas entre edificios de departamentos acribillados por disparos de mortero, un contraste sombrío con la era en que tenía 30.000 habitantes. Una de las viviendas destruidas pertenece a Tatyana Belash, que ahora se ha refugiado en un sótano con su hijita Zlata, de 3 años.


Mientras los adultos hablan de política, Zlata, una niñita tímida con trencitas rubias, camina por el sótano entre colchones maltrechos. Cuando se le pregunta sobre los cañoneos, Zlata se encoge y se consuela acariciando a su gato.


“Cuando llegamos aquí me decía ‘¡vámonos a casa!”’, recuerda Belash. “No podía explicarle que no podíamos ir a casa porque estaban combatiendo”.


Los niños en la ciudad de Chermalyk, en manos del gobierno, juegan a la guerra y se cuelan por los cráteres que han dejado los cohetes de los rebeldes pro rusos.


Tolik Tokar, de 11 años, asoma su cabeza de un orificio y simula disparar contra “los malos”, los separatistas.


Los niños apuntan con armas improvisadas con palos y ramas, pero Tokar ha visto los disparos verdaderos.


“Cuando oímos el cañoneo salimos a ver y me dispararon a mí”, relató el niño. “Las balas me atravesaron la ropa en el hombro”.


A unas pocas decenas de kilómetros, en el sector rebelde, los niños juegan los mismos juegos, pero con los papeles a la inversa. Allí los enemigos son los soldados ucranianos, a quienes tildan de “nazis”.


Los 22 niños a cargo de Nikulenko, en Khartsyzk, son algunos de los más vulnerables en la zona de guerra y pide que se les identifique solamente por su primer nombre. Antes del comienzo de la lucha el hogar servía como refugio para los niños rescatados de las calles o que buscaban un alivio a hogares irregulares. Otros han sido abandonados en los últimos meses.


Veronika, una pecosa de 6 años, sonríe y jala de su vestidito rojo mientras recuerda su vida antes de la guerra, cuando visitaba el parque de diversiones y el zoológico y su madre cocinaba. Incluso recuerda con cariño a su padre, que regresó a su casa después de un tiempo en la cárcel por haber herido a su esposa en el hombro con un cuchillo. Desde entonces el padre se alistó en el ejército rebelde y la madre la dejó en el hogar infantil. Veronika depende de su propia entereza para lidiar con el terror de la guerra.


“Cuando ellos estaban haciendo ‘boom-boom’, me daba mucho miedo”, dice recordando un bombardeo reciente. “Una vez, cuando estaban haciendo disparos en la noche, me caí de la cama”.


La madre de Veronika viaja a Khartsyzsk de vez en cuando. La niña espera ir a su casa cuando llegue el verano.


Nikulenko dice que a los niños les encanta la televisión rusa. Les gusta ver los programas que muestran a los rebeldes como valientes héroes líderes de una revuelta popular. Las tropas del gobierno de Ucrania son vistas como ejércitos de ocupación, llenos de maldad.


“Es muy peligroso, esta percepción es blanco y negro”, dice Nikulenko. “Estos niños sólo reciben información de un lado. Ellos ven que (las tropas del gobierno) disparan contra nosotros y que sus padres y hermanos toman las armas y se van a protegernos”.


Al lado de un grupo de niñas que se acurrucan en la alfombra de la sala de juegos del hogar está Yulya, una niña seria y alta de 12 años.


Antes de que comenzara la guerra, Yulya vivía con sus abuelos en Rusko-Orlivka, un pueblo que fue controlado tanto por los rebeldes como por las tropas del gobierno ucraniano desde que estallaron las hostilidades el verano pasado en la vecina ciudad de Ilovaysk.


El abuelo de Yulya le dijo que cuando los rebeldes asumieron el control de Rusko-Orlivka, encontraron a nueve soldados ucranianos escondidos en una granja, los hicieron marchar a un bosque y les dispararon. Yulya dice que sintió poca compasión por ellos.


“Sé que también son personas, pero ellos también mataron a otras personas”, dijo en susurros. “Lo sé porque mi abuelo me lo dijo”.


Los más pequeños no saben por qué, realmente, se está luchando.


Mientras pintaba su tanque de guerra de juguete en el hogar, Seryozha, en un momento de confusión, le pintó los colores azul y amarillo de la bandera ucraniana.


“Nació en Ucrania. Yo también nací en Ucrania”, dice. Por encima de la bandera ucraniana pintó un rostro, luego dibujó la bandera negra, azul y roja de los separatistas.


El pasado de Seryozha es un poco borroso, incluso para quiénes están cerca de él. Tiene una cicatriz en su espalda donde le dispararon con una pistola de aire comprimido antes de la guerra. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó fuera de que sus padres murieron de tuberculosis, lo que dejó a él, a su hermana y a dos hermanos más huérfanos.


Una entidad supervisora del gobierno separó a Seryozha de sus hermanos. A medida que fueron evacuados por las autoridades ucranianas a una región vecina, nadie se acordó de que Seryozha estaba acostado en un hospital recuperándose de la tuberculosis. Llegó al hogar en enero.


Los niños pueden tener una vaga comprensión de los acontecimientos que ocurren a su alrededor, pero el perdón parece venir con más facilidad de ellos que de los adultos.


¿Seryozha se haría amigos de los niños del otro lado de la guerra?


“Sí”, dice. “Pero sólo si se comportan bien y no pelean”.