madre Con sacos en las manos camina entre la basura y el lodo, esperando recolectar el mayor número de botellas plásticas para poder llevar pan a su hogar. Milquella necesita alimentar a sus hijos, por lo que cada mañana se levanta con más fuerzas para acudir a su lugar de trabajo, las cañadas.


Su labor se inicia en el sector La Ciénaga, donde reside junto a su madre y sus dos hijos, luego recorre cada cañada de los sectores aledaños, toma sus sacos llenos de botellas y cambia el material por comida a través del programa que lleva a cabo el voluntariado del Banco de Reservas.


A manos descubiertas y calipsos degastados, busca entre los desechos arrojados a los desfiladeros, mientras afirma que “con esto es que puedo alimentar a mis dos hijos”. “Yo comienzo a las siete de la mañana y recojo las botellas”, dice sin apartar la mirada de uno de los sacos que llenó en la cañada de Villa Eloísa, en el sector Gualey de la capital.


Milquella Félix tiene 19 años, casi 20, según dice, al tiempo de recordar que no tiene acta de nacimiento y tampoco sus hijos de cinco y un año de edad.


Necesidad


La dama sabe cargar hasta diez sacos, labor que hace junto a otras mujeres y niños que están en la misma situación de precariedad.


El padre de sus vástagos la abandonó, y su padre murió en un accidente de tránsito, por lo que en sus hombros está la responsabilidad del cuidado de su madre y de sus hijos.


“Después que tengo los sacos yo los cambio por comida en El Dique, a la gente del Banreservas por fundas de comida”, explica la joven mujer que lucha por sobrevivir.


Milquella paga RD$1,200 de alquiler por una pequeña casa de madera en el sector Los Cocos de La Ciénaga, cerca de la cañada de Bonavides, y para ello vende por RD$250 parte de las fundas de alimentos que obtiene en el intercambio.


“Con eso yo pago la casa y mando al más grande (su hijo de 5 años) a la escuela”, cuenta.


Su mayor necesidad es poder ser declarada y dar mejor vida a sus hijos. La madre de Milquella y sus nueve hermanos no están declarados, por lo que sus hijos tampoco.


Estudió hasta cuarto curso de la primaria y no pudo continuar, por lo que su temor es que sus hijos corran con la misma suerte.


“Yo quisiera estudiar, pero no puedo”, se lamenta. Milquella quisiera un empleo digno, fuera de la contaminación, de las posibles enfermedades que podría adquirir a causa de su única forma de sustento.


Fuente: Listín Diario