Nuclear


Rayos gamma para esterilizar papas o isótopos para comprobar si un zumo está adulterado.


Aunque a priori puede sorprender vincular energía nuclear con seguridad alimenticia, la ONU desarrolla y recomienda esas técnicas como forma de evitar fraudes y garantizar que un producto no está contaminado.


“Cuando el público general escucha (la palabra) nuclear, piensa en Fukushima, en Chernóbil. Pero la gente no debería tener miedo”, asegura a Efe Carl Blackburn, un especialista en irradiación de alimentos.


Blackburn trabaja en Viena para el programa conjunto que desarrollan el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), para usar la energía nuclear en la mejora de la agricultura y la comida.


Este especialista insiste en que las técnicas nucleares no son peligrosas y sirven no sólo para dar más seguridad sobre lo que comemos, sino también para evitar fraudes.


“Sirve para saber no sólo si una naranja viene realmente de España sino también para saber si un zumo de naranja es realmente cien por cien zumo de naranja”, explica.


Eso es posible gracias al análisis de los isótopos estables, las variaciones naturales y no radiactivas de un mismo elemento químico y cuya proporción varía de unas regiones a otras del planeta.


Esas diferencias quedan impregnadas en la comida en forma de una huella que puede seguirse usando un espectrómetro de masas para trazar el origen de un producto.


El análisis permite saber también si un producto ha sido adulterado, por ejemplo, si a la miel se le han añadido azúcares baratos o si un determinado vino ha sido rebajado con otro de menor calidad.


“Es también importante desde el punto de vista económico porque hay países y productores que invierten en producir comida de una determinada manera y tener una marca de calidad”, indica Blackburn.


La Organización Mundial de Aduanas estima que el fraude con alimentos causa cada año daños por valor de 49.000 millones de dólares.


Las técnicas nucleares permiten también detectar en los alimentos niveles excesivos de antibióticos o pesticidas.


Otro de los métodos con los que trabajan el OIEA y la FAO es el de la irradiación de alimentos con rayos gamma, rayos X o haces de electrones, que acaban con bacterias y otros microorganismos y prolongan la duración de los alimentos.


Blackburn explica que irradiar los alimentos no significa someterlos a radiactividad y, de hecho, compara esta técnica con la de la pasteurización que se usa con la leche.


La irradiación es usada habitualmente para tratar la comida de los pacientes de hospital con problemas inmunológicos y que necesitan que la comida esté muy esterilizada.


Puede aplicarse a frutas, verduras, carnes, pescados y alimentos precocinados, incluso cuando están ya envasados, lo que evita tener que volver a manipularlos y que haya riesgos de contaminación.


Aunque la Unión Europea (UE) permite comercializar comida irradiada, siempre que en la etiqueta se informe de que el producto ha sido tratado con ese método, su consumo está poco extendido.


“Es una cuestión de percepción. Cuando hablamos de irradiación, el problema es el miedo a la reacción del público. Ningún supermercado quiere ser el primero”, analiza Blackburn.


De hecho, la aplicación de la energía nuclear a la seguridad alimentaria está, en general, muy poco extendida.


Andrew Cannavan, jefe del Laboratorio de Protección de los Alimentos y del Medio Ambiente del OIEA, explica que, aparte de las reticencias del público, tampoco la industria es aún muy consciente de la existencia de estas técnicas.


Con todo, hay ya muchos países que han mostrado su interés en que el OIEA les transfiera tecnología que ayude a apuntalar sistemas de control de seguridad alimentaria.


“El uso de algunas de estas técnicas será la norma en los próximos diez años y (…) habrá desarrollos en estas técnicas para hacerlas más baratas, aplicables y sensibles”, asegura Cannavan, cuyo laboratorio está en Seibersdorf, cerca de Viena.


Este experto señala que estas técnicas habrían sido útiles en recientes escándalos como el de la venta encubierta de carne de caballo en Europa o la presencia de melanina en leche comercializada en China.


Respecto a si la aplicación de estas técnicas supone un aumento del precio de los productos, tanto Cannavan como Blackburn consideran que esta tecnología permitirá a la industria rentabilizar más la producción, dar más garantías sobre la calidad del producto y ahorrar en la lucha contra el fraude.


“El consumidor recibe un producto mejor y más auténtico sin costes adicionales”, defiende Cannavan.