AireEste viernes del verano limeño ni siquiera ha salido el sol en la ciudad y una densa bruma tiñe el cielo contaminado de la ciudad. Es la señal visible de que las cosas no marchan bien. El acuerdo global para luchar contra el cambio climático que tienen que firmar en la capital peruana los 196 países participantes en la cumbre del clima no llega y la tensión se ha instalado en el búnker donde se llevan a cabo las negociaciones. A unos metros, sin embargo, la vida sigue como si nada en el eterno atasco que colapsa la ciudad con el aire más contaminado de Latinoamérica, según un informe de 2014 de la Organización Mundial de la Salud.


Los taxistas son uno de los pocos lazos entre los peruanos y lo que sucede en el cuartel del ejército de Perú donde se celebra la cumbre. Van y vienen desde hace 12 días de los barrios y los hoteles más coquetos de la ciudad a la sede y hacen cola en la puerta preguntándose con curiosidad qué estará pasando ahí dentro.


Samuel Jara, de 55 años, tuvo la suerte de que “un camerunés que trabaja en la ONU” le explicó todo el otro día en una de sus carreras. Eso le ha hecho pensar mucho sobre el asunto: “Cuando yo tenía ocho años había cuatro estaciones muy lindas. Ahora se ha tergiversado todo. No hace falta estudiar para ver eso”.


Mientras avanza lentamente por las caóticas calles de esta mole de 8,6 millones de habitantes, el taxista señala la basura tirada en las aceras. “Esta idiosincrasia que tenemos aquí lo va a hacer difícil”, dice dolido. Se sorprende al enterarse de que en el interior del cuartel de las negociaciones hay tantas papeleras que uno tiene que pararse unos minutos para decidir en qué contenedor va cada cosa. “Es que sabemos hacerlo, pero no lo hacemos”, razona.


El transporte público es uno de los mayores problema de la urbe, que tras años de crecimiento desordenado y descontrolado no tiene una red eficiente para dar servicio a los limeños. Las autoridades de la capital son conscientes del caos y ya han puesto sobre la mesa el proyecto de construir la primera línea subterránea de metro.


Unos pequeños autobuses destartalados atestados de gente se cruzan estos días en las calles con los 11.500 delegados de los 196 países de la cumbre que entran y salen en la sede con la prisa pegada al cuerpo. Sin tiempo de mirar. En la ciudad dicen que ahí dentro se negocia el futuro del planeta. Jara, antes de arrancar su taxi, manda un mensaje a los negociadores: “Les diría que se den un paseíto. Vayan a ver como el Nevado Pastoruri se ha secado. Les deseo todo lo mejor en su labor porque aquí ya nos estamos dando cuenta de todo eso”.