TerrorEl año que termina ha sido testigo del ascenso imparable de un grupo yihadista que ha sembrado el terror en gran parte de Oriente Medio y la preocupación en Occidente: el Estado Islámico (EI), así rebautizado tras la autoproclamación de un califato en el territorio bajo su control en Irak y Siria, diluyendo las fronteras y redibujando los mapas de la región.


Surgido como de la nada, los terroristas suníes dieron su gran golpe en junio tras el asalto a la poblada ciudad de Mossul, en el norte de Irak, que tomaron con facilidad después de que lo soldados iraquíes huyeran en estado de pánico. Era el comienzo de un avance relámpago que muchos en Irak comparan con el asalto de los mongoles en el siglo XIII.


Sin embargo, el grupo, antes llamado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) no surgía de la nada. “El ISIS empezó a ser visible hace más de 18 meses, cuando contaba con algunos miles de combatientes, y muchos expertos y analistas advirtieron del crecimiento del fenómeno, pero nadie quiso actuar”, sentencia Joseph Bahout, analista del “think tank” Carnegie. La inacción de Occidente en el conflicto sirio fue en parte responsable del ascenso de los yihadistas, considera.


El ISIS nació en Irak, pero la guerra de Siria le proporcionó un terreno donde ganar fuerza, crecer numéricamente y desarrollarse. Y después, volvió a Irak, donde comenzó este año su golpe definitivo y su avance imparable: los extremistas controlan ya en torno a una tercera parte de la superficie de Irak y Siria, diluyendo las fronteras establecidas hace 100 años y proclamando un “califato islámico” dirigido por Abu Bakr al Bagdadi, que se autoproclamó “el califa Ibrahim” a finales de junio.


El hasta ahora conocido como el “sheij invisible” hizo su aparición un viernes de comienzos de julio en el púlpito de una de las mezquitas más antiguas de Mossul. Y desde ese día, ese hombre barbudo, de unos 40 años y vestido de negro, se convertía en el terrorista más famoso del mundo. Su rostro es ya inseparable de las atrocidades atribuidas al EI y Estados Unidos ha puesto precio a su cabeza: diez millones de dólares.


Y es que quien cae en manos de los extremista suele sufrir represalias brutales: los extremistas fusilan o ahorcan a sus enemigos, colgando los cadáveres en plazas públicas. Además secuestran y violan a mujeres y muchas de ellas son vendidas como esclava.


La decapitación inmortalizada en vídeo del periodista estadounidense James Foley, seguida de la de otros rehenes, conmocionó a Occidente e hizo evidente que el EI no sólo estaba destruyendo Siria e Irak, sino que también amenazaba a Europa y Estados Unidos.


La propia Al Qaeda se ha dado por vencida en la carrera frente al Estado Islámico, entre otra cosas porque la milicia terrorista ofrece a sus propios miembros una visión sin precedentes: la de contar con un Estado propio. El EI ha fundado sus propias provincias, ha creado sus leyes y tribunales e incluso circulan en Internet imágenes de una moneda propia.


“Además ha creado un importante sistema de financiación, que tiene como eje central la venta del petróleo, pero también el cobro de tasas en todo tipo de intercambios comerciales en el territorio bajo su control, así como otras fuentes como grupos privados en el Golfo con una agenda radical islámica”, señala Bahout. El cobro de rescates y la toma del banco central de Mossul también engrosaron sus arcas, cuenta el experto.


Todo ello, unido a sus victorias, ha hecho que miles de jóvenes extranjeros se unieran a sus filas. “Para los jóvenes árabes el EI es la nueva aventura islámica, a los que atrae por sus éxitos y su organización”, señala Bahout. Sin embargo, también se han unido a sus filas jóvenes occidentales. “En este caso a los éxitos del EI se unen otros factores como la búsqueda de la identidad, la desilusión o decepción de estos jóvenes en sociedades con muchas carencias”, explica Bahout.


La preocupación por la “exportación” de yihadistas por parte de países occidentales, que un día puedan regresar y perpetrar atentados en sus países, y la difusión de vídeos que mostraban públicamente el asesinato de occidentales provocaron la actuación de Occidente. Estados Unidos impulsó la creación de la coalición internacional -integrada también por países árabes- que en septiembre comenzó a atacar objetivos de los extremistas.


Por el momento se ha logrado frenar su avance en la ciudad de Kobane, situada en el norte de Siria y cerca de la frontera con Turquía, que se convirtió en 2014 en todo un símbolo de resistencia kurda. Sin embargo, Bahout considera un error tratar los conflictos de Irak y Siria por separado, olvidando que el fenómeno del EI no tiene fronteras. “Cuando se atacan objetivos en Irak, los yihadistas se refugian en Siria y a la inversa”, explica.


Precisamente el conflicto sirio es la clave para afrontar la situación: muchos en el mundo árabe no actúan contra el EI porque no quieren reforzar al régimen del presidente sirio Bashar al Assad. “Pero los enemigos a combatir son ambos”, señala Bahout, que considera erróneo plantearse la disyuntiva de si la prioridad es la lucha contra el régimen sirio o contra los yihadistas. “Ambos fenómenos se retroalimentan y refuerzan”.


El analista considera que para combatir al EI lo primero es lograr una solución negociada y una transición política en Siria. Pero para 2015, las perspectivas no son alagüeñas: si continúa la tensión entre Rusia y Occidente a raíz de Ucrania, algo que afecta a todas las cuestiones de política internacional, y si no se refuerza a la oposición moderada siria sobre el terreno, el resultado será una Siria aún más fragmentada, una oposición más radicalizada y un EI cada vez más fuerte.