CarterCarter, que acumula casi 10 años en altos cargos políticos en Washington, se refería a cualquier puesto en el gabinete del presidente de Estados Unidos. Ahora, ha conseguido el puesto para el que lleva preparándose toda la vida, y también el más importante en el Gobierno de la primera potencia mundial: secretario de Defensa. Carter -que, salvo sorpresa de última hora, será ratificado en su puesto en el Senado- va a dirigir una organización que supone la quinta parte del gasto público de EEUU.


Pero, además, ser secretario de Defensa de EEUU con Obama es particularmente peligroso: el presidente aún no ha acabado su séptimo año en el cargo y ya lleva tres personas que han ocupado el cargo: Robert Gates, Leon Panetta, y Chuck Hagel. Políticamente, el Pentágono es más duro que el circo romano.


Encima, el momento actual es todavía más duro para quien ejerza el cargo, porque la política de defensa de Obama ha fracasado. Y el secretario de Defensa debe ahora gestionar ese fracaso y encima conseguir que nadie le eche la culpa al presidente.


Si parece una tarea muy pesada, añádasele este agravante: las decisiones no las va a tomar el titular de Defensa, sino un pequeño grupo de cuatro personas que rodean a Obama en la Casa Blanca: su consejera de Seguridad Nacional, Susan Rice; el ‘número dos’ de ésta, Ben Rhodes; el jefe de ‘staff’ del; presidente, Denis McDonogh; y la ‘asesora áulica’ y amiga de la familia Obama, Valerie Jarrett. Todos ellos.


Y, finalmente, una burocracia de nada menos que 400 personas, que forman el personal del Consejo de Seguridad Nacional, con acceso directo al Despacho Oval y sin ningún tipo de supervisión por el Congreso, que son, en el Gobierno de Obama, quienes deciden lo que hay que hacer en materia de defensa.


Todo ese aparato no ha evitado que el eje de la política exterior de Obama no haya funcionado. El presidente llegó a la Casa Blanca prometiendo terminar con las guerras de Irak y Afganistán. Se va a ir ella prolongando indefinidamente la presencia militar estadounidense en ambos países, y tratando de hacer que eso no se vea como una marcha atrás desvergonzada.


Es una tarea para la que Carter -doctor en Físicas por Oxford y licenciado en Historia Medieval por Yale- está inmejorablemente cualificado. Con Hagel, Obama optó por la ‘marca’. El resultado fue un secretario de Defensa que dio la impresión de no tener iniciativa, y que jamás penetró dentro del círculo de los cuatro asesores del presidente. Ahora, con Carter, Obama ha optado por la gestión.


En cierto sentido, el futuro secretario de Estado es la clásica apuesta segura para un final de mandato: una persona discreta, efectiva y buena conocedora de lo que tiene entre manos. Es lo que hizo George W. Bush cuando cesó al histriónico y egocéntrico Donald Rumsfeld tras la debacle electoral de 2006, y puso en su lugar al tecnócrata Gates, que luego mantendría su puesto con Obama. O Ronald Reagan al destituir al ideológico Caspar Weinberger por el más moderado Frank Carlucci.


El prestigio de Carter queda fuera de toda duda. Obama lo elogió ayer al considerarlo como “uno de los líderes más importantes de nuestro país en materia de seguridad nacional”. Es, probablemente, una de las pocas afirmaciones del presidente con las que la oposición republicana coincide.


Pero, en cuanto haya sido confirmado el puesto, Carter entrará en la ‘arena’ del circo romano de Washington. Y ahí va a tener que combatir contra muchos ‘leones’. Algunos de ellos son obvios: la insurgencia talibán en Afganistán; la guerra contra el Estado islámico (IS) en Irak y Siria; las diferentes ramas de Al Qaeda; la naciente carrera de armas con China; y la mini Guerra Fría con Rusia.


Pero los peores van a estar en la Casa Blanca. Encima, Carter va a tener que imponer las decisiones de otros a unos mandos militares que ven al presidente de EEUU como un líder indeciso. Para los generales, cuando Obama tiene que tomar una decisión, sigue el principio de Yogi Berra, un famoso jugador y entrenador de béisbol de los sesenta y setenta: “Cuando llegues a un cruce, tómalo”. O sea, haz las dos cosas.


Así es como Obama ha emitido una orden secreta para que los 10,000 soldados estadounidenses que permanecerán en Afganistán en 2015 se involucren en acciones de combate, contrariamente a lo que había dicho hasta ahora. Y así es como Obama tiene 3.000 soldados y decenas de aviones bombardeando a diario un país, Irak, del cual el 14 de diciembre de 2011 -hace menos de tres años- retiró a todos los militares estadounidenses, alegando que esa nación era “soberana, estable, autosuficiente”.


Ése es el ‘martirio’ que le espera a Carter. Por de pronto, sus enemigos van a estar en la Casa Blanca más que en Irak. Si logra romper el círculo que rodea a Obama, tendrá libertad para llevar a cabo su propia política. Si no, será, como fue Hagel, una figura ornamental.