indiaNo es raro oír hablar de intentos por salvar una lengua en peligro de extinción. Lo que resulta más extraño es lo que una comunidad indígena de California está tratando de hacer: quieren que su lengua muera con ellos.


Después de manejar tres horas desde Silicon Valley, llegamos a la vía del tren. Los rieles anaranjados por el óxido acompañan las curvas del río entre las montañas y desaparecen dentro de los túneles en la zona más profunda del noreste de California. Estamos en la carretera a Taylorsville, una pequeña localidad fronteriza en el valle Genesee.


Nos desviamos para entrar en una tienda. Además de las peluquerías, el edificio de madera con un tejado rojizo es el único negocio en este pueblo de 140 habitantes. Las latas se apilan en los estantes junto con los embases de carne seca y las tarjetas postales en blanco y negro de pioneros que se apoyan en los vagones o fuman pipas.


Trina, una pariente lejana y mi guía , señala la vieja caja registradora con botones de latón pulido que ha sido usada por más de un siglo. “Ese es probablemente uno de los primeros aparatos tecnológicos que trajeron de la ciudad aquí a las montañas”, me dice mientras se coloca un mechón de su cabello negro tras la oreja. “Tu tío abuelo John probablemente la vio llegar”.


Los últimos Maidu


Nuestros antepasados eran unos hermanos que vivían en una granja galesa cuando en 1850 John Davies viajó a la costa este de Estados Unidos en busca de oro. Como muchos mineros durante la fiebre del oro, viajó a California en un vagón de tren que llegó al valle Genessee donde se casó con Mary Yatkin, una indígena americana de la tribu Maidu.


“No había mujeres europeas alrededor”, afirma Trina. “Y muchos de los hombres Maidu murieron en manos de los primeros colonizadores”. Nos montamos en su jeep y conducimos entre pinares hacia la granja de John Davies. Del espejo retrovisor cuelga una pluma atada con delicadeza a unas cuentas con una correa de cuero.


“¿Se enseña galés en Reino Unido?”, me pregunta Trina. “¿Tú lo hablas?”. Sí, le digo, pero no lo hablo. Suelto un par de frases mal pronunciadas y de canciones de cuna que me enseñó mi abuela que confirman lo que acabo de decir. Trina afirma con la cabeza. “A mí me pasa lo mismo con el Maidu”, me dice. “Pero aquí estamos perdiendo nuestro idioma. Ya sólo quedan cinco hablantes y todos tienen entre 87 y 93 años”.