Brasil


El mundo asiste al inédito duelo de dos mujeres de izquierdas que compiten por alcanzar la presidencia de un país, ambas con reales posibilidades de éxito, de hecho, son las favoritas, y, por si fuera poca la novedad, una de ellas es evangélica.


El escenario es el insólito Brasil, con la presidenta Dilma Rousseff intentando reelegirse y la retadora Marina Silva buscando convertirse en la primera negra presidenta de Brasil.


Para romper el empate (34% cada una), Silva, candidata del Partido Socialista de Brasil (PSB), apuesta por el apoyo de la clase media emergente, insatisfecha y con expectativas crecientes.


Rousseff tiene su mayor capital político en las favelas, por los programas sociales que han desarrollado los gobiernos de su Partido de los Trabajadores (PT) y, muy especialmente, por el endoso del ya mítico ex presidente Lula.


Desde que Silva irrumpió en el escenario electoral hace tres semanas, en sustitución del fallecido candidato del PSB, una ola de crecimiento imparable la ha colocado a la par de Rousseff, confirmándola como la segura ganadora con un margen de 10% en una eventual segunda vuelta.


Para desconsuelo de la mandataria, el mismo día en que las encuestas revelaron el empate entre las dos candidatas, las estadísticas declararon a Brasil técnicamente en recesión, después de una prolongada era de crecimiento económico.


En la lucha sobra el caballero


Esta inesperada coyuntura ha sacado prácticamente del cuadrilátero al candidato de la derecha, Aecio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que hasta hace pocos días figuraba como la segunda opción electoral, y representa una propuesta claramente diferente frente a la candidatura pro social de Rousseff.


El reciente debate presidencial entre los candidatos arrojó dos estampas que esbozaban el escenario electoral que se aproximaba.


La primera, puramente anecdótica: la foto en que las mujeres se saludan antes de la discusión, relegando a la indiferencia absoluta al candidato; la segunda, la aseveración de Neves, en medio del debate, de que no lograba distinguir la diferencia entre sus dos competidoras.


Conocedora de que necesitaba remarcar la diferencia con respecto a la presidenta, Silva se ha presentado como “una tercera vía”, en cuyo gobierno adoptaría lo mejor de Cardoso y lo mejor de Lula, las políticas económicas del primero y las políticas sociales del segundo.


Habla de una “nueva política”, que frente a la polarización bipartidista tradicional opte por gobernar con los mejores del PT y del PSDB. La Obama de Brasil


“La Obama de Brasil” le han llamado a Silva, por su fenomenal mezcla de carisma y negritud, su condición de outsider dentro del sistema, y, sobre todo, por su novelesca biografía.


De ser una iletrada que se alfabetizó ya entrada en la adolescencia, Silva pasó a ser la compañera de lucha del asesinado ecologista Chico Mendes, hasta convertirse en la ministra de Medio Ambiente de Lula. Cuando dejó ese cargo, rompió con el PT, y formó un “partido verde”, con el que conquistó un 20% del electorado en las pasadas elecciones presidenciales. Esos antecedentes que le han hecho popular también le han granjeado un alto nivel de rechazo en el importante sector agroindustrial de Brasil.


A pesar de las coincidencias con la trayectoria del hoy presidente estadounidense, diferencias de fondo separan a “la Obama de Brasil” del Obama real de 2008, quien, una vez ganadas las primarias, contaba con la poderosa maquinaria partidaria demócrata y la sin igual maquinaria recaudadora de recursos en que se convirtió su equipo de campaña.


Además, el entonces senador de Chicago se abrazó como una lapa a su mensaje de cambio y post racial, sin digresiones ni dispersiones, lo que no ha ocurrido en la corta campaña de Silva.


De hecho, ayer empezó a patinar mandando mensajes contradictorios respecto a la unión entre parejas del mismo sexo, y ya antes se había autocalificado como “la primera negra pobre” que sería presidenta de Brasil.


El domingo fatídico de Silva


Este domingo 31 de agosto, Rousseff arremetió por primera vez contra Silva, llamándole “fervorosa evangélica”, y resaltando su incoherencia ante la unión de parejas del mismo sexo, cuya legalización apoyó en una versión inicial publicada de su programa de gobierno, pero que horas más tarde rectificó.


Como ha ocurrido en otros países latinoamericanos, en Brasil el catolicismo ha ido perdiendo adeptos, mientras los evangélicos van creciendo.


De todas formas, el 63% de los brasileños se consideran católicos, y el 21% evangélicos, un bloque de casi 85% de religiosos cristianos en el que no caería bien la propuesta de matrimonio igualitario.


También el pasado domingo, Lula cuestionó como imposible de concretar desde el gobierno la “no política” que atribuye a Silva, por pregonar que gobernaría no con los partidos, sino con los mejores hombres y mujeres del PT y PSDB. La prensa no se quedó atrás, y demandó a la retadora definiciones sobre cuestiones fundamentales de la realidad del país.


El Factor Lula


En el empate entre las dos candidatas de izquierdas, la llave la tiene Lula, estiman los analistas políticos. El líder del PT hasta ayer no había fijado posición frente a sus dos ex ministras, que por cierto tuvieron más de un choque de alto voltaje cuando Rousseff, como ministra de Minas y Energía, impulsaba proyectos que eran objetados radicalmente por Silva, a la sazón ministra de Medio Ambiente.


Visto el saldo, las batallas de entonces las ganó la católica Dilma Rousseff, a quien tampoco le falta epopeya en su trayectoria política, por sus años de militancia en grupos marxistas y guerrilleros en el Brasil de los 70, cuando fue apresada y torturada durante casi tres años por la dictadura militar.


Es evidente que Brasil quiere un cambio después de 12 años de gobiernos del PT, aunque los mandatos de Lula y Dilma se hayan caracterizado por significativos avances económicos y sociales.  Sin embargo, en esta mutante contienda electoral, a pesar del Factor Lula, cualquier pronóstico es peregrino.