Hospital“Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida.” Job 2:4 (Reina Valera, 1960). Estas palabras aparecen consignadas en las Santas Escrituras como la respuesta que Satanás le diera a Dios cuando porfiaba con el Creador cuestionando la lealtad de Job.


Y estas mismas palabras parecen resonar en las bóvedas del anfiteatro de una sociedad que ha reemplazado el valor intrínseco y natural de la vida humana por otro tan poco plausible como el que se le adscribe al valor de una moneda.Esa es la agónica y triste realidad de quienes sucumben víctimas de quienes deberían ser considerados sacerdotes de la medicina y que, sin embargo, sacrifican lo más noble de sí ante el altar de Mercurio.


La profesión médica, una vez considerada la diadema de todas las vocaciones destinadas a asistir a la humanidad en sus necesidades perentorias, hoy día se ha reducido a una miópica concepción autoservilista, reforzante del egotismo que caracteriza a los “escogidos” de este gremio virulentamente oportunista.El médico sabe que la vida de su paciente descansa en sus manos, en la mayoría de los casos. Pero, como Satanás, sabe también que el hombre daría todo por su vida. Y la acepción lógica de estos dos elementos comprendidos objetivamente, ha dado lugar a una de las prácticas más deshumanizantes en la que confabulan los médicos, los hospitales y las compañías de seguros de salud.


A saber, que cuando un paciente—un ser humano creado a la imagen y semejanza de Dios—agota todas sus posibilidades y recursos en el curso de un tratamiento médico, en la esperanza de recibir un alivio relativo y casi siempre esporádico, al momento de “ajustar cuentas” con el paciente y/o sus familiares, es posible empujar la situación hacia un terreno peligrosamente enajenante de su dignidad y potencialmente ilegal.Tal es el caso de doña Gloria A. Daniel (doña Gladys), quien en estos precisos momentos y según escribo estas líneas, está técnicamente secuestrada dentro de los predios del Centro Médico Gazcue, en Santo Domingo, por incapacidad de pago. Doña Gladys—originaria de Santiago, de 86 años de edad y una mujer con una trayectoria de servicio e integridad al país en capacidad de ex funcionaria del gobierno del extinto presidente Dr. Joaquín Balaguer—, siempre fue admirada por su gran independencia como mujer y por su récord inmaculado de persona responsable y no morosa al momento de saldar sus deudas.


Pero al igual que a muchos ex funcionarios gubernamentales de su época, se le negó el derecho de devengar beneficios pensionales legítimos por razones meramente políticas como resultado de su afiliación al partido reformista. A una edad ya avanzada y con poca ayuda financiera externa, procuró mantener una vida saludable que disminuyera su necesidad de asistencia médica.Pero hace casi dos meses atrás el destino y la vida le jugaron una muy mala jugada a doña Gladys. Tres días después de haber sido operada de la vista intentó cruzar la carretera Sánchez que atraviesa el vecindario que alberga su domicilio, el Invi. A horas nocturnas, y en necesidad de adquirir un medicamento de la farmacia más cercana a su vivienda, tuvo que aventurarse a cruzar la carretera sola y sin ayuda.


En ello—cuentan sus familiares y vecinos—un joven que venía conduciendo una bicicleta a una velocidad considerable no puedo prever la situación y se le vino encima casi inevitablemente.


La caída de doña Gladys fue no menos que aparatosa, propiciando la quebradura de los huesos occipital, temporal y parietal de uno de los lados de su cabeza.A ello le siguió internamiento clínico, una operación intracraneal para ayudar a removerle los coágulos que se le formaron a propósito de su hemorragia cerebral, un periodo de hospitalización de 16 días en los que se debatía entre un estado de estupor y otro semi-comatoso, etc. Su hija, Sandra Baret, quien comparte con su madre su seguro estatal, se ocupó de diligenciar el pago de su deuda adquirida por las razones ya explicadas. Casi dos semanas después, a consecuencia de la gradual involución de su caso y las complicaciones sintomatológicas subsiguientes, doña Gladys debió ser ingresada nuevamente, pero esta vez en el Centro Médico Gazcue por recomendación del galeno que la evaluó en su casa, el Dr. José Luis Luna, geriatra internista intensivista quien labora para la facilidad médica aquí mencionada. Previo a la autorización de si hija de internarla en dicho centro médico, el Dr. Luna había acordado cobrarle RD$25,000 por concepto de 5 días de supervisión médica que sólo fue posible por teléfono por medio de su asistente.Al final de cuentas, y después de 7 días de internamiento en la habitación 514, doña Gladys fue dada de alta, pero antes de permitírsele abandonar los predios del Centro Médico Gazcue, debía saldar la cuenta de $189,000, o en su defecto un mínimo de $150,000 más arreglos de pagos por la diferencia. De lo contrario, “no la dejaremos salir de aquí”, expresó el galeno a su cargo, según nos contó la señora Baret, hija de la paciente.Hasta al momento, los familiares de doña Gladys sólo han podido recaudar $21,000. Pero el Centro Médico Gazcue se niega a permitirle regresar a su casa hasta que la suma mencionada sea saldada de un todo. Cabe aclarar que doña Gladys permanece en un estado de semi-incosnciencia habiendo obtenido como única mejoría en esos 7 días el aplacamiento relativo y posiblemente temporal de una infección bacteriana que puede aún costarle su vida en los próximos días.Nos resultó obvio que Sandra, la hija de la paciente, reconoce la deuda como buena y válida, y que ha insistido en su determinación y resolución de pagar la misma, pero que no tiene forma humana de obtener en lo inmediato la suma requerida por el centro médico como requisito para liberar a su madre. El Centro Médico Gazcue se niega a entrar en ningún tipo de arreglo financiero con la señora Baret.Merodeando por los pasillos de dicha entidad médica, acongojada por el impasse y la incertidumbre que la situación le ha causado, Sandra no sabe qué decir ni qué hacer al ver a su madre postrada en una cama y sin poder reaccionar a su voz, y desconectada de un todo de todo soporte vital básico para ayudar a su organismo a mantenerse funcionando, imposibilitada por la circunstancia de llevarse a su madre a su casa par administrarles los cuidados correspondientes urgentemente.Me pregunto: ¿En qué clase de sociedad vivimos? ¡¿“Piel por piel…”?! Patricio Medina, Periodista