ebola..


Colocado en un féretro desinfectado en la caja de un camión, junto a otros dos cadáveres envueltos en sacos, el doctor Modupeh Cole fue enterrado sin flores ni coronas fúnebres, lejos de los suyos: el ébola no tiene piedad de los profesionales de la medicina.


Este médico, un reputado especialista del hospital Connaught de Freetown, capital de Sierra Leona, falleció menos de dos semanas después de haberse infectado con el virus.


Examinando a un enfermo que, según sus colegas, representaba el primer caso de ébola en este nosocomio con 102 años de antigüedad, no tenía la menor idea del peligro al que se exponía. Pero poco después de atender a este paciente, el galeno comenzó a quejarse de fiebres altas y fuertes dolores de cabeza.


Al no contar con infraestructuras especializadas en la capital, fue trasladado a un centro de tratamiento de ébola de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kailahun, en el este del país, donde se concentra la epidemia, y donde murió a los pocos días.


Según Samuel Patrick Massaquoi, director del hospital gubernamental de Kailahun y exdiscípulo de Cole, el efecto sorpresa no le dejó la menor posibilidad. El hospital Connaught acoge “pacientes con todo tipo de patologías”, explica.


Desde el comienzo de la epidemia, “los adultos, en particular, esconden los síntomas y no dicen cómo se sienten”, lamenta este médico. “Llegan a cualquier hospital del país diciendo: ‘sufro paludismo, o fiebre tifoidea’. Fue lo que le ocurrió” al doctor Cole.


Los últimos días de una víctima de ébola pueden ser terribles, con dolores musculares atroces, vómitos, diarreas y hemorragias tremendas que desangran al enfermo.


Y, los funerales brindan muy poco consuelo tras un final tan doloroso. Los efectos personales de los enfermos son quemados y los entierros frecuentemente se desarrollan solamente con la presencia de los sepultureros.


“Las familias muchas veces no asisten a los entierros por ébola, pero pueden venir después, porque conservamos una lista de las personas inhumadas y del lugar de sepultura”, señala el director del equipo del ministerio de Salud encargado de enterrar a Cole.


Echados por sus familias


El levantamiento del cadáver en el centro de MSF en Kailahun no fue una excepción: no hubo ceremonia en su memoria, sino una operación realizada con una precisión quirúrgica.


Los integrantes del equipo de MSF, con trajes de protección, desinfectaron meticulosamente el saco mortuorio y el carro en el cual fue estibado, antes de depositarlo en un féretro previamente desinfectado y cargado en un camión lavado con lejía.


En el mismo, el médico partió a integrarse al batallón de los profesionales de la salud caídos en la lucha contra la epidemia, algunos con una abnegación que recuerda la de los “liquidadores” de Chernóbil en Ucrania, que en 1986 se sacrificaron para detener el incendio del reactor nuclear y así intentar detener la catástrofe.


Los servicios de salud sierraleoneses afirmaron el 14 de agosto, día del entierro del doctor Cole, que 32 enfermeras habían sucumbido por ébola desde fines de mayo, o sea, casi el 10% de los casos mortales registrados en el país.


En el parlamento, el responsable de los servicios médicos, el doctor Brima Kargbo, señaló la ingratitud de la población. “Hay un rechazo a (aceptar) la existencia del ébola, y una hostilidad hacia los trabajadores de la salud”, dijo.


Saffa Kemoh, miembro del équipo encargado de los entierros de las víctimas de la fiebre Ébola del ministerio de Salud en Kailahun, señala que sus amigos ya no se le acercan más y que su familia reniega de él. “Dicen que no me dejarán entrar más en casa. Me echaron”, contaba a la AFP este hombre de 22 años.


Ella Watson-Stryker, de 34 años, una organizadora de MSF, quien participa en la lucha contra el ébola desde el anuncio en marzo de la epidemia en la vecina Guinea, se rebela contra esta injusticia.


“Ellos (los trabajadores) tienen muchos problemas en su entorno. Tenía un miembro del personal a mi cargo cuyo padre rechazaba hablarle.


Ha habido quienes sus familias les dijeron que tenían que dormir fuera de la casa y fueron excluidos de las comidas familiares”, explica. “Con el tiempo, la gente comienza a comprender y la estigmatización disminuye”, continúa, “pero es una situación muy difícil”, apostilla.