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Santo Domingo. Emenelgida Estrella de Suarez clama por justicia para su extinto esposo con quien llevaba 28 años de casada, procreó cuatro hijos y representaba todo para ella  porque se “amaban”.


A pesar de su partida toda la casa respira al coronel Julián Suárez Cordero, ella, al igual que sus hijos no han eliminado nada de sus pertenencias, ni de la sala, ni los pasillos, parecería un museo: 30 diplomas y reconocimiento enmarcados de distintos tamaños, instituciones, ligas deportivas y universidades; fotos que permiten hacer un recorrido familiar desde la boda de ambos hasta el último encuentro familiar.


Ella, lo describe como un hombre que amaba su trabajo y le gustaba la lectura, pero sobre todo su familia, tanto así que “cada mes realizábamos uno o dos encuentros familiares”.


Hoy, Emenegilda, al igual que sus cuatros hijos se sienten desplomados porque “el don” como ella le decía”, no lo volverán a ver, y ella, que tenía 28 años haciéndole “ese desayuno, llevándolo hasta la marquesina cargándole su maletín, portando siempre una taza de café hasta su vehículo, echándole la bendiciones “Dios te Bendiga”, ya no lo podrá hacer.


Irrumpida en llantos como el primer día de su muerte, frente a un enorme cuadro al óleo donde ambos figuran felices, Emenegilda nos dice “usted no se puede imaginar como la estamos mis hijos y yo, no imaginábamos que fuera así, este dolor es muy grande”.


Y Es que, “siempre me decía que me amaba, me respetó y su amor por la familia lo demostraba haciendo dos reuniones familiares cada mes”.


Tanto para ella como para sus dos hijas e hijos 10 años no es nada, ni todo el dolor del mundo compensa la pérdida de una persona, no creemos en la justicia de aquí, solo en la de Dios”.


Está consciente de que “no fueron los cinco que dispararon a su esposo, pero hubo un testigo que si estaba mirando lo que ocurrió.  Narra que a las 10 de la mañana del 23 de abril, el occiso Julián Suárez Cordero la llamó para “decirle que no me preocupara que no le pasaría nada, porque esos muchachos, los de la UASD, el los quería como a sus hijos: “incluso en muchas ocasiones usaba su guagua para sacarlos de la universidad cuando había líos”.


Viuda, madre de cuatro hijos, Juliana la menor dice que lo mejor que atesora de su padre son los valores: solidaridad, responsabilidad, la disciplina y respetuosidad. Sobre el apoyo ofrecido por la Policía Nacional, confiesan que “al principio la institución nos llamaba pero ya, nos echaron a un lado”, dice la hija, pero la madre, desdice y afirma que “ellos nos han dado apoyo”


Tras la muerte de su padre, Juan Ramón Suero Cordero, el menor de los varones, ha quedado taciturno, callado, siempre cabizbajo y con una tristeza muy visible; mientras Elvis y marianataly Cordero Suarez, “están trabajando, ambos son periodistas, uno es cabo de la Policía Nacional, y la joven labora en el Ministerio de Obras Públicas.


Ella confiesa a El Nuevo Diario  que teme por su vida y la de sus cuatros hijos, al principio, cuando inicio el juicio que hoy se leerá la sentencia final en el Tercer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional, descargando a 4 de los cincos acusados de la muerte de su esposo, “me llamaron dos veces a las cuatro de la madrugada para decirme que dijera que un policía había disparado a mi esposo”.


Estas amenazas fueron informadas a la Policía Nacional, “ellos investigaron pero nunca nos dieron los resultados”, dijo.


Está de pie porque es una mujer de fe, confiesa, cada día pide justicia a Dios, oro al Señor, porque sé que aquí no la voy a encontrar.  El dolor no tiene palabras, quien le devolverá esas reuniones de familia  a mis hijos, los consejos de familia que se hacían, el cuidado con sus hijos, pero reitera que “Dios se tomara su tiempo para aplicar la justicia porque aquí no hay”.


Pide al Ministerio Público seguir las investigaciones para que el caso no quede impune, no “quisiera ver a nadie  en mi lugar, esta casa ya no es la misma, no somos los mismos, solo personas como Francina Hungría, el Negro Veras, podrían saber el gran dolor  que estamos pasando”


“Desde el 23 de abril estamos muertos vivos porque nos mataron a los seis”, dijo entre lágrimas para también aconsejar a la juventud que “piensen primero en el dolor de las demás personas, para no ser tan violentos,, Julián era amigo de los estudiantes, él también se graduó en la Universidad Autónoma de Santo Domingo”.


El día de su muerte, a las seis de la mañana, Emenegilda, como cada mañana, le llevó su desayuno a la guagua y le echo la bendición y decirle “que se fuera con Dios”  como de costumbre; Julida, la hija menor solo pudo verlo por la ventana.


Narro que “a las 10:40 de la mañana, en medio de los disturbios de la UASD, el me llamo y me dijo chiqui no estoy aquí, pero no tenga temor ellos son mis hijos, me escuchan, yo los cuido”, al referirse a los estudiantes universitarios.


Julián nunca uso su arma de reglamento, su pistola y cinturón siempre los dejaba en la guagua, porque decía que “no le gustaba dispararle a un estudiante, era como si lo hiciera a un hijo suyo”.