Para cuando alcanzó las 148 kilos, Robert Foster había estado jugando el papel de “el chico gordo” durante décadas. Su tamaño era lo que lo hacía sobresalir.


En público, él aceptó su estilo de vida como un hombre amante de las barbacoas, consumir carne y aborrecer las verduras, que usaba playeras que hacían alarde de su tamaño corpulento. Había una particularmente deliberada, la cual según recuerda leía: “Superé la anorexia”.