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Convencida de que las citas no sirven para encontrar al verdadero amor, la atractiva mujer decidió hacer un experimento: durante 9 meses aceptaría salir con cualquier hombre que se lo propusiera.


“La experiencia de una cita es tediosa desde todo punto de vista. La necesidad de vestirse bien, arreglarse el pelo y preguntarse si uno es lo suficientemente bueno se siente como veneno corriendo por las venas”, escribió en su columna, publicada en el portal estadounidense.


“Tengo una colega que es experta en citas. Enseña el arte del cortejo a fin de capturar la atención del hombre. Pero yo no quiero arte. Quiero conocer orgánicamente a un hombre en un ambiente en el que pueda ser yo misma e interactuar con naturalidad”, agregó.


“Durante mucho tiempo -continuó- fui criticada por no haber tenido ninguna cita oficial. En un intento por terminar con ese argumento, decidí decir que sí a cualquier hombre que me invitara a salir. Tuve 98 citas en nueves meses”.


Para evitar las dudas, Winter aclaró: “No me acosté con 98 hombres; 98 hombres me cortejaron”.


“Comí en cada restaurante de Manhattan y pasé más tiempo en Starbucks que cualquier otra persona. No menos de tres veces por semana me puse el mismo vestido y me encontré con un nuevo hombre para cenar o tomar un café. Me senté, escuché, comí, y bebí”.


¿Cuál fue la conclusión del experimento? Como podía esperarse, sirvió para reforzar su posición inicial: las citas no sirven para nada.


“Al final de mi experimento social, esto es lo que aprendí. Los hombres se pasean con sus juguetes, mientras que las mujeres hacemos de vacas, cerdos y caballos que desfilamos para obtener el moño azul de la aceptación”.


“Los hombres -continuó- se jactan de sus amigos famosos y expresan sus numerosas posiciones de poder e influencia. Hablan de sus viajes por el exterior, mencionan sus autos por el nombre del fabricante y enumeran sus casas de acuerdo con el prestigio de las ubicaciones. Mueven sus juguetes delante de nuestros ojos con la esperanza de que mordamos el anzuelo. Pero ellos no son el anzuelo, sino sus posesiones”.


“Todavía prefiero el método de la vieja escuela, donde sencillamente estoy haciendo mis cosas y sucede que me encuentro con alguien especial. Ya sea paseando a mi perro o haciendo gimnasia, estoy donde quiero estar, viviendo la vida que amo. Y nos encontramos. Naturalmente. Orgánicamente. La chispa que descubrimos es nuestra conexión”, concluyó.