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Las letras A, B, C y D son mucho más que las cuatro primeras del alfabeto para los especialistas en reproducción asistida y sus pacientes.


Son las que determinan la calidad de los embriones obtenidos tras una fecundación in vitro y son, en definitiva, las que definen el éxito de un procedimiento que, pese a la mejoras experimentadas en los últimos años, dista mucho de ser infalible. Si se tienen en cuenta todas las edades, el éxito no supera un 40% de los casos.


Así, el gran reto de los expertos -cuya sociedad europea celebra estos días su congreso anual- es ir aún más allá de esa primera clasificación y dilucidar qué embriones se implantarán con éxito en el útero de la mujer que acude a la reproducción asistida en busca de un hijo.


En los últimos años, la tecnología ha venido al rescate de esta especialidad, con el desarrollo del Embryoscope, una suerte de “cámara permanente” de los embriones en cultivo que ayuda a seleccionar los de mejor calidad. El uso de esta técnica se ha generalizado pero los resultados de la FIV siguen sin ser óptimos.


Ahora, un proyecto del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) ha recibido el premio Beca para la Innovación en Fertilidad (GFI, de sus siglas en inglés) -dotado con 300.000 euros y convocado por una compañía farmacéutica- para añadir otra tecnología a la del Embryoscope y mejorar aún más esa búsqueda del embrión perfecto que obsesiona a los especialistas y sus pacientes.


El nuevo método, denominado TCL Analyzer, es un dispositivo que mide el estrés oxidativo existente en el medio de cultivo de los embriones en solo 10 minutos.


Su uso combinado junto al Embryoscope pretende mejorar en 15 puntos la cifra de éxito de las transferencias embrionarias. Según explica a EL MUNDO desde Múnich el investigador principal del proyecto, el embriólogo del IVI Marcos Meseguer, se trata solo de un prototipo utilizado con éxito en otras áreas de la medicina, pero no en reproducción asistida.


Para evaluar si la combinación de ambas tecnologías es eficaz, el IVI llevará a cabo en los próximos dos años un estudio clínico financiado con este premio.


“La primera parte analizará embriones de 300 pacientes de Alicante, Valencia y Barcelona con la intención de desarrollar un algoritmo, un parámetro que permita utilizar la combinación de las dos tecnologías como predictor de éxito de implantación”, explica el especialista.


La segunda parte del proyecto consistiría en su aplicación clínica, en ver si los resultados en pacientes reales se corresponden con los que ha previsto el algoritmo.


Meseguer comenta que llegó a esta tecnología “casi por casualidad”, después de que el fabricante de la misma se lo propusiera en un congreso médico en Israel. Aunque desconoce si finalmente se probará su validez en la clínica, el experto se muestra esperanzado en su posible éxito, tal y como sucedió con el propio Embryoscope hace ahora más de cuatro años.