imageDos años y medio después de que su último soldado cruzara la frontera, y 12 tras la invasión y el derrocamiento de Sadam Husein, Estados Unidos regresa a Irak. Barack Obama, que ganó la presidencia prometiendo entre otras cosas acabar con las guerras de George W. Bush, ha anunciado que va a enviar 300 soldados de las Fuerzas Especiales para ayudar al Gobierno de Nuri Maliki, que afronta una rebelión de los integristas suníes que amenaza con desintegrar totalmente el país.


Los militares estadounidenses llevarán a cabo misiones de Inteligencia y detección de objetivos militares de los islamistas del ISIS, y asesorarán a las fuerzas chiíes de Maliki. Pero sus operaciones también incluirán obtener datos con vistas a posibles ataques aéreos de Estados Unidos contra los integristas.


Pese a esa escalada por parte de Estados Unidos, Obama insistió en que no va a enviar tropas de combate a Irak. Ésa es una posibilidad a la que se opone nada menos que el 74% de la población estadounidense, un porcentaje muy similar al de los que respaldaban la invasión en 2003. Su intención parece más bien llevar a cabo el mismo tipo de operación militar que ha puesto en práctica contra Al Qaeda y sus grupos afiliados en Pakistán, Yemen, Somalia y el Sáhara: apoyar a fuerzas locales y llevar a cabo ataques quirúrgicos con aviones sin piloto o fuerzas especiales. En palabras de Obama, “estaremos preparados para tomar acciones militares precisas y controladas si llegamos ala conclusión de que la situación lo requiere”.


Una estrategia, dos problemas


Irak presenta dos problemas a esa estrategia. Uno son las fuerzas locales; el otro, el vecindario de Irak. Con respecto a los aliados de EE.UU. en Irak, la relación de Washington con el Gobierno de al Maliki es pésima. El equipo de Obama culpa al primer ministro iraquí de ser responsable de la fractura religiosa del país al llevar a cabo una política sectaria en favor de los chiíes. Los republicanos dicen que es una marioneta de Irán, el enemigo tradicional de EE.UU., y también de sus grandes aliados en Oriente Próximo -Israel y Arabia Saudí-.


Al anunciar el envío de los asesores militares, Obama dejó claro que no le gusta Maliki y que quiere que se vaya. “Ahora mismo hay demasiada sospecha, demasiada desconfianza. El primer ministro, o cualquier otro líder que aspire a dirigir el país, debe tener un programa en el que los suníes, los chiíes, y los kurdos tengan, todos, la oportunidad de hacer que sus intereses avancen en el proceso político”, dijo el Presidente de EE.UU.


El segundo problema de Obama es el factor regional. La guerra de Irak se sitúa dentro de un conflicto más amplio, entre las sectas suní y chií, por el control de gran parte de Oriente Medio. Ahí, EE.UU. está aliado con los suníes. Pero éstos, a su vez, apoyan a los ultra integristas del ISIS en Siria e Irak. El presidente turco, el islamista suní Recep Tayyip Erdogan, ha dejado clara su posición al oponerse explícitamente a bombardeos estadounidenses contra los integristas y al declarar que al Maliki ha convertido el conflicto «casi en una guerra entre sectas, más que entre el ISIS e Irak».


Por su parte, el enemigo tradicional de EE.UU. en la región, Irán, está apoyando a Maliki que, aunque malo, es para Washington mucho mejor que el ISIS. Eso hace que Obama tenga que hilar muy fino, como demostró ayer cuando dijo que Teherán puede jugar un papel positivo “si lanza el mismo mensaje que nosotros”. Sin embargo, como reconoció el propio presidente de EE.UU., también existe la posibilidad de que Irán se limite a apoyar a los chiíes, como ha hecho en Siria con los alauíes de Bashar Asad contra los suníes que se han rebelado en ese país.