empresariosPUERTO PRÍNCIPE (Haití).- Diez hombres de negocios dominicanos concentran el 80 % de las exportaciones de todo tipo de productos hacia Haití. Cuatro de ellos estuvieron en el salón del campamento del CESFRONT, en Jimaní, el pasado lunes 3. El más emblemático, Juan Vicini, miembro de una, sino la más rica familia de la República Dominicana. Frente a él, Stéphane Coles, presidente del Foro Económico de la Empresa Privada, los hombres y mujeres de negocios Grégory Mevs, Marc Antoine Accra, Didier Fils-Aimé y Norma Powel.


El volumen de la capacidad de producción instalada, más allá de no poder calcular las fortunas haitianas, es imposible de fotografiar. Los dominicanos pesan más en la balanza. Algunas cifras lo ilustran claramente. El año pasado, los dominicanos exportaron hacia Haití entre 1,400 y 1,800 millones de dólares contra 60 millones de importación.


Las aduanas haitianas no pudieron recaudar más que 60 millones de alrededor 300 millones de dólares. Durante los últimos doce meses, la economía dominicana ha captado más de tres mil millones de dólares de la inversión extranjera directa contra 200 millones por la haitiana. Las cifras no mienten, el Este se ha anexado al Oeste pacíficamente. Los dominicanos se comen miles de millones transferidos por la diáspora haitiana. Es un hecho.


Dicho esto, cuando en sus discusiones de alto nivel, los empresarios y empresarias de ambos lados de la isla hablan de paridad, de reciprocidad en los intercambios comerciales, de modificación de las tarifas aduaneras, de acuerdos comerciales, de crear un fondo de inversión para realizar proyectos generadores de empleo, uno saluda las iniciativas, pero sin extasiarse.


Sin embargo, no debemos tener complejos a la hora de estimular a los dominicanos a invertir en Haití y a crear empresas. Quizá sea la mejor manera de crear empleo en el Oeste. Mas en la República Dominicana también hay desempleados posiblemente con mayor calificación que los haitianos. Por otro lado, uno también se pregunta si esas medidas constituirán un estímulo para que los hombres y mujeres de Haití inviertan en la producción, para que se decidan a tomar mayores riesgos.


Para que abandonen su zona de confort y  pongan el pie en el estribo, deben adoptarse políticas públicas que cumplan este cometido. Deben ser ejecutadas una política económica y una política monetaria que no favorezcan la importación. Del lado haitiano, queda trabajo por hacer para superar esta asimetría en los intercambios comerciales entre los dos países.


Ahí, donde confluyen las circunstancias que han terminado por atrofiar la economía, hay una gran cantidad de trabajo por hacer. Hace falta que un Estado que piense en cuál economía necesitamos. Es necesario ver nacer y multiplicarse hombres de negocios menos negociantes, menos seducidos por la ganancia inmediata. Lo que debe ocurrir es una pequeña revolución. Y a condición de que no sea a causa de la prohibición de la entrada al mercado haitiano de los huevos y pollos dominicanos que ahora se digan tantas hermosas palabras sobre la isla.


Esto así porque uno de los acuerdos en el marco del Foro Económico Quisqueya, es el levantamiento de la “prohibición unilateral” de los productos dominicanos, lo que despoja al Estado de su poder soberano de poner en cuarentena productos que pueden afectar la salud de la población. Por el momento, es difícil decir qué saldrá de estos acuerdos.