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La petición de asilo temporal a Rusia del excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (NSA) Edward Snowden ha desatado un mar de especulaciones sobre cuál sería el destino que le espera si Moscú llega a concederle refugio.


Su caso no sería el primero de fugitivos de la justicia estadounidense que no tuvieron un final feliz tras haber huido a Rusia en busca de eludir el castigo o con la pretensión—que luego se les desvaneció en el camino—de toparse con un mundo mejor.


Entre los casos más notorios está el del líder socialista obrero Bill Haywood acusado bajo la ley antiespionaje de 1917 por haber convocado a una huelga en tiempo de la I Guerra Mundial, quien huyó a Moscú, jamás llegó a entender el ruso y murió de alcoholismo y diabetes en Rusia en 1928 no sin antes haber intentado que se le admitiera de vuelta en EE.UU.


Uno de los más conocidos sea quizás Lee Harvey Oswald quien se fue en 1959 a la Unión Soviética en busca de una felicidad que no encontró como obrero de una planta electrónica. Poco después de regresar a EE.UU. asesinó al presidente John F.Kennedy en 1963 y dos días después fue baleado a muerte por Jack Ruby.


Dos casos más cercanos al de Snowden son los de William Martin y Bernon Mitchell, criptógrafos de la NSA que desertaron en 1960 a Moscú. El primero de ellos hizo gestiones en 1979 en el consulado estadounidense en la capital soviética para ser readmitido, pero se le despojó de la ciudadanía y se le negó entrar a EE.UU. con visa de turista. Murió de cáncer en México en 1987.


Joseph Dutkanicz, un soldado estadounidense reclutado en 1958 por la KGB desertó dos años después y luego de instalarse en Ucrania trató de que se le permitiera regresar a EE.UU. pero murió al parecer de alcoholismo en 1963, mientras que Glenn Souther, un analista de la marina de guerra que huyó a Rusia en 1986 se suicidó a la edad de 32 años en 1989.