camaLos expertos aconsejan a los padres desdramatizar y aprovechar para educar a los niños en valores.


Cuando un niño pequeño pilla a sus padres en la cama, es preferible no esconderse entre las sábanas y explicarle qué es lo que ha visto. «Siempre hay que dar una respuesta a nuestros hijos, y procurar que sea lo más realista posible. Lo único que debemos tener en cuenta es que, para que nos comprenda, debemos adaptarnos a su edad y a su vocabulario», apunta Alba García Barrera, profesora de la Universidad a Distancia de Madrid (Udima).


Lo importante es que afrontemos la situación con naturalidad desde el principio, añade Rosa Collado, experta en sexología y terapia integradora del Centro de Psicología Álava Reyes. «Actuar así ayudará al niño a no sentirse confundido e intimidado o culpable por haber hecho o visto algo malo, sobre todo si detecta cierto nerviosismo en los adultos en esa situación», explica. «Hay que recordar que los padres son modelos para sus hijos y si dan importancia a este hecho evitándolo, avergonzándose y haciendo un drama, enfadándose, riñendo o castigando al niño, los hijos también se la darán. Salidas de este tipo generan incertidumbre y culpa en los niños, y no son aconsejables este tipo de reacciones inmediatas ni posteriores a la situación», remarca.


Pero… ¿y qué decir?


¿Cómo salimos del atolladero? La comunicación en estos casos, coinciden todos los expertos, es básica. «Hay que explicarle que es algo que hacen los mayores cuando se quieren mucho, que no es algo malo y que ni papá ni mamá se están haciendo daño, porque a veces los niños pueden pensar que es una pelea entre ambos», prosigue García Barrera. «Al día siguiente del “evento” —propone la experta en sexología y terapia integradora de Centro de Psicología Álava Reyes—, podemos acercarnos al niño y preguntarle si se acuerda de lo que vio ayer. Que nos lo explique y, así, aprovechar, con una actitud sosegada y tranquila, para hablarle del amor, de los afectos y de la ternura que los adultos se muestran cuando se quieren».


«También podemos decirle que aunque parezca que se hacen daño en realidad juegan y se ríen y acarician y lo pasan muy bien juntos. Que les gusta estar desnudos en la intimidad de su habitación y que “hacen el amor”, que es un acto que la pareja hace con mucho amor y cariño, y que no deben preocuparse por lo que vieron», sugiere. «Sobre todo, hay que suavizar y calmar al niño con palabras y gestos que le tranquilicen. El niño confía en sus padres, aceptará la explicación que estos le den», insiste esta experta.


«Un niño muy pequeño —entre los tres y los seis años de edad—, puede confundir determinadas posturas con algo extraño, violento y agresivo, y distorsionar la realidad, ya que no comprende el alcance afectivo de esa situación y, entonces, malinterpretarla. Por eso hay que comunicarse con él y aclarar malos entendidos», continua Collado.


«Que los seres humanos seamos seres sexuados desde el nacimiento no significa que sepamos lo que es el sexo ni en qué consiste de forma innata. Un niño va aprendiendo con curiosidad las cosas más básicas sobre la reproducción, la sexualidad, los genitales externos primero e internos más adelante, junto a su funcionamiento y particularidades y, poco a poco, va asociando esa información a uno mismo, a su propia biología y, posteriormente, a la relación que esa información tiene con los afectos, el placer… etc», explica esta psicóloga experta en sexología.


Los niños de 3 y 4 años, corrobora Escardó, no son ajenos a la sexualidad. «A esa edad el placer es algo que ya conoce. Su equipamiento de fábrica, es decir, sus instintos, le asisten en el plano de su desarrollo biológico, pero no para el encuentro con una sexualidad adulta que excede de sus capacidades. Es decir, no conoce el que brinda el contacto con el otro pero conoce el placer de la forma genital. Sin embargo, hay que enseñar al niño que los adultos encuentran placer en la unión de sus cuerpos, algo que el niño conocerá cuando sea adulto con alguien a quien ame y desee», matiza.