“Por favor, retira la orden de castigarme, a mí y a mi familia. No tenemos dónde esconderlos. La única forma de huir es el suicidio”. Según Seúl, la dramática súplica llegó en forma de e-mail destinado a su hermanastro, Kim Jong-un, meses después de que, tras llegar al poder, éste firmase su ejecución. Kim Jong-nam, primogénito de Kim Jong-il, el Querido Líder de Corea del Norte, sabía que llevaba condenado a muerte desde el día en que su padre, que tanto le quiso y defendió -hasta el punto de considerarle heredero durante años- falleció. Pasaba sus días como un fantasma, “como si viviese de prestado”, según aclaraba un amigo al diario hongkonés SCMP, sabiendo que pese a la protección de Pekín, sus guardaespaldas y los lazos de sangre, nada ni nadie podía protegerle de la ira de su hermano.


“Sabía que su vida estaba en peligro; su hermano estaba tras él”, prosigue su allegado, con quien le unía una década de amistad. Había sobrevivido a varios intentos de atentado, según Seúl, pero nada impidió que dos mujeres le rociasen presuntamente el rostro con un agente tóxico en el aeropuerto de Kuala Lumpur el lunes, cuando regresaba a Macao con su esposa y dos hijos. Nam se sintió mareado: fue trasladado a la clínica del aeródromo en camilla, “al borde de la muerte”. El primogénito de Kim Jong-il, el hombre que parecía destinado a gobernar el país comunista más opaco del mundo, falleció en la ambulancia. Las sospechosas han sido detenidas, pero alegan haber sido engañadas por cuatro hombres para “gastarle una broma” a su víctima.


Atrás quedaron los días en los que su padre, un dictador cruel con su pueblo -que mantenía a cientos de miles de presos en campos de trabajo y cuyas políticas provocaron hambrunas en los 90 que mataron entre el 1% y el 15% de la población, según estimaciones- se enternecía abrazando a su retoño, dormía con él o se deshacía en lágrimas cuando la madre de Nam le envió a estudiar al extranjero.


Kim Jong-nam fue un hijo adorado, pese a ser fruto de una relación extramatrimonial con una actriz de origen surcoreano, Sung Hae-rim, hija de intelectuales comunistas que emigraron al norte tras la Guerra de Corea. Su amor nunca fue visto con buenos ojos por su padre, el creador de la dinastía norcoreana, Eterno Líder Kim Il-sung.


Su nacimiento, en Pyongyang en mayo de 1971, era fruto de una relación prohibida: en aquel momento, Sung estaba casada con un novelista, con quien tenía otro hijo: según Michael Madden, responsable del blog North Korean Leadership Watch, “para la conservadora sociedad norcoreana, era una relación sórdida y durante muchos años Kim Jong-il escondió a su amante y a su hijo de su padre”. “En el momento del nacimiento, Kim Jong-il era el candidato mejor situado para suceder a su padre y los detalles [de su paternidad] podrían haberle perjudicado”, escribe Madden. Eso le llevó a recluir a su amante e hijo en una mansión de Pyongyang, una jaula de oro que afectó psicológicamente a su madre y marcó al hijo.


El propio Jong-nam lo relató en un libro publicado por un periodista japonés en 2012, antes de que se cumpliesen los 100 primeros días de la muerte de su padre. “Mi padre mantenía en secreto que vivía con mi madre, que estaba casada, así que no me dejaba salir de casa o hacer amigos. Aquella infancia solitaria podría haber hecho como soy, partidario de la libertad”.


Según Madden, cuando apenas era un niño, su tía paterna, la hermana de Kim -cuyo esposo fue ejecutado por su sobrino y actual líder en 2013- apreciaba tanto al bebé que pretendió arrebatárselo a su madre y adoptarlo como hijo propio. Mientras, su padre mostraba un cariño ilimitado: le telefoneaba a menudo, cenaba siempre con él y, cuando pasaba días sin verle, dormía en su cama.


“En una ocasión, sentó a su hijo en la mesa de su despacho y le dijo: ‘este es el lugar donde un día darás órdenes'”, explicó Lee Han-young, un primo que desertó a Corea del Sur en 1982. Jong-nam llegó a recibir el apelativo del Pequeño General y terminó siendo aceptado por su abuelo. Su madre fue ingresada fuera de Corea para tratar sus problemas mentales mientras su hijo era criado por su abuela materna y su tía, Song Hye-rang, actualmente exiliada en Londres.


En 1979, Jong-nam comenzó una década de estudios en el extranjero, Suiza, Moscú y Francia, que terminó cuando comenzó a pasar más horas en los bares que en las clases. Según su perfil de Facebook, donde se aprecia su afición por los viajes y don de lenguas, Jong-nam conservaba amistades del Liceo Francés de Moscú y del Instituto Internacional de Ginebra. Con ese conocimiento regresó a Corea del Norte a finales los 80 para enfrentarse a un destinado para que el que no estaba preparado.


Fue su tía quien relató aquellos años en un libro de memorias, La Casa de las Glicinias. En el capítulo dedicado al otoño de 1991 -Jong-nam tenía 20 años- explica la dureza del regreso a Pyongyang. “Jong-nam ya no era su niñito lindo”, era un joven de 18 años. Su padre había comenzado otra vida [con Ko Yong-hui,una bailarina japonesa con quien se casó y tuvo tres hijos, incluido su sucesor]. Había transferido su anormal “amor lacrimógeno” por Jong-nam a sus nuevos hijos […] El hecho de que su hijo no hubiera terminado sus estudios en el extranjero le molestaba”. En las escasas salidas de Jong-nam con su prima, Nam-ok, comenzaron a atisbar la súbita indiferencia de su padre. En octubre de 1998, fueron a la playa de Wonsan, donde “muchas veces habían experimentado el abandono de estar en una enorme playa solos con sus conductores”.


Aquel año fue peor. “La primera señal de discriminación fue que las provisiones no llegaron a tiempo. El ocupadísimo jefe de Estado había organizado un sistema por el cual sólo podían obtenerse provisiones mediante vales (…) Hacía mucho que no sentían la humillación de la falta de comida”. Jong-nam había sido sustituido en el corazón del Amado Líder por su nuevo “niñito lindo”, Kim Jong-un.


Su nueva esposa se consagró como primera dama, e impuso a sus hijos para la sucesión. El mayor, Jong-chol, conocido por su afición por la guitarra no tenía ningún interés en heredar la saga pero sí lo tenía Jong-un, quien aprovechó los desplantes de su hermanastro para apuntalarse.


Jong-nam comenzó a cuestionar a su padre, hasta el punto, según Madden, de “frustrar tanto a Kim Jong-il que éste amenazó con enviarle a una mina de carbón”. Su abuela y tía se lo tomaron tan en serio que llegaron a preparar su maleta; en lugar de eso, el joven Jong-nam optó por sumarse al negocio familiar. El académico afirma que habría estado vinculado a la Inteligencia interna y presidía manifestaciones junto a su padre; incluso había asistido a ejecuciones de funcionarios supuestamente corruptos.


Con el cambio de siglo, cuando ya se había casado y tenía un hijo, trasladó su residencia a territorio chino. Se supone que fue asignado por el régimen para supervisar sus finanzas en el exterior -Corea del Norte controla los casinos regionales- lo que explicaría su fama de vividor y playboy, pero un humillante episodio -su detención en Tokio con un pasaporte falso dominicano: pretendía visitar Disneyworld- le separó de la carrera sucesoria. Su ausencia en el funeral de su padre fue la confirmación de que se había convertido en un apestado. Pyongyang le retiró incluso su financiación.


Cuando su hermano heredó el cargo de Líder Supremo en 2012, criticó al sucesor. “Me preocupa si Jong-un, que no se parece en nada a mi abuelo, será capaz de satisfacer las necesidades de los norcoreanos. Es sólo una figura nominal y los miembros de la élite serán quienes retengan el poder. La sucesión dinástica es una broma a ojos del mundo”, llegó a decir al japonés autor del libro. Se trasladó a territorio chino con su familia, contando con protección y apoyo económico de Pekín, cada vez más cansada de los desplantes del dictador y seguramente satisfecha con la idea de tener un potencial reemplazo de la dinastía, en el caso de que Kim Jong-un se convierta en un problema. La ejecución de su querido tío y número dos del régimen, Jang Song-thaek, acusado de traición y tachado de “despreciable escoria humana” en 2013, le abrió los ojos. Nadie está a salvo de la ira de su hermano, y él llevaba condenado desde la muerte de su padre. “Había una orden vigente para asesinarle” firmada por su hermanastro, comunicó el jefe de la Inteligencia surcoreana, Lee Byong-ho. Según un think tank surcoreano, desde que Jong-un llegó al poder ha ejecutado a 340 altos cargos, incluido su propio tío, pero nunca hasta ahora había llegado tan lejos como para atentar contra su propia sangre.