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El haitiano Mirabel Riche nunca pensó que su periplo para venir a vivir a Brasil hace un mes incluiría riesgo de robos en la ruta por Perú o pasar sus primeros días en su nuevo país en un refugio colmado de inmigrantes como él, que duermen en el piso y forcejean por la comida cuando llega.


Pero ahora Riche parece olvidar todo y una emoción repentina le hace brotar lágrimas: en una escuela devenida centro de regularización urgente de inmigrantes sin papeles en Brasileia, una ciudad en el extremo oeste de Brasil, acaban de darle su libreta de trabajo brasileña, con la que podrá obtener un empleo formal aquí.


‘Nos tratan como a gente’, comenta Riche, de 35 años, entre sollozos. ‘Nos tratan muy bien como inmigrantes’. Unos 5.500 inmigrantes como él han entrado en los últimos tiempos a Brasil por el estado amazónico de Acre, fronterizo con Bolivia y Perú. Más de un millar de ellos arribaron en las últimas tres semanas, lo que llevó al gobierno estatal a declarar una emergencia social.


La mayoría viene de Haití, aún devastado por el terremoto de 2010, pero también llegan de República Dominicana y África, atraídos por las oportunidades que ofrece un país enorme con bajo desempleo y en obras para el Mundial de fútbol 2014. ‘Elegimos Brasil porque ya es desarrollado’, asegura Omar Thiam, un senegalés de 34 años que pasó por España, Ecuador y Perú en su ruta aérea y terrestre hacia Acre. ‘Todo el mundo dice que aquí en Brasil puedes obtener trabajo’.


‘Privilegios’


La situación de Acre puso a prueba la capacidad de respuesta de la burocracia brasileña y también la tolerancia del gobierno de Dilma Rousseff ante la inmigración, que reconoce como un derecho humano. El gobierno federal envió en los últimos días un equipo de funcionarios a Brasileia para dar atención sanitaria a los extranjeros, regularizar el estatus de cientos de haitianos como Riche y definir qué pasa con los de otras nacionalidades que aguardan ahí.


Esto ha generado quejas de dominicanos y africanos que se sienten discriminados. ‘Ellos (los haitianos) tienen privilegios’, protesta Julissa Hernández, una dominicana de 24 años. ‘Con mi embarazo pensé que me iban a tomar en cuenta con los papeles, pero me dicen que espere’.


Desbordados


El refugio de inmigrantes de esta pequeña ciudad tiene capacidad para acoger 200 personas pero ha alojado más de un millar. Los enviados gubernamentales entrevistan extranjeros, toman notas y procuran organizar. Un técnico de la secretaría de Derechos Humanos de la presidencia brasileña le explica a un senegalés que él y sus compatriotas deben brindar sus datos personales y fechas de entrada al país para intentar regularizar su situación. Pero el diálogo es difícil: el extranjero no entiende portugués y el brasileño no habla francés.


Las cosas han mejorado un poco en el refugio: se instaló un gran tanque de agua potable, duchas y baños químicos para evitar que los inmigrantes tengan que hacer sus necesidades al aire libre. Pero el sitio aún es símbolo de un fenómeno que superó a las autoridades: las personas duermen en viejos colchones sobre el piso, junto a las valijas donde llevan todo lo que tienen. Cuando llegan las raciones los haitianos se aglomeran y luchan para obtenerlas, como ocurrió en su país tras el terremoto. A falta de cubiertos, muchos usan trozos de papel de aluminio para llevarse la comida a la boca.


El dilema


La voluntad oficial de descomprimir la situación es evidente, pero el gobierno enfrenta un dilema: regularizar a los que ya están puede ser un llamador para que vengan más. En procura de controlar el ritmo de llegada, el año pasado Brasil decidió conceder hasta 1.200 visas mensuales de trabajo para haitianos a través de su embajada en Puerto Príncipe.


Pero la demanda ha sido mayor que la oferta y muchos se han lanzado a venir sin permiso, apostando a regularizar sus papeles después. El gobernador de Acre, Tião Viana, del mismo Partido de los Trabajadores que Rousseff, dice que hay una ‘ruta internacional’ de migrantes hacia su estado y asegura que el gobierno federal ha cambiado de actitud.


‘Está diciendo que va a aceptar la venida con la legalidad preestablecida. O sea, con la visa de entrada autorizada y no después de entrar, como estaba ocurriendo hasta ahora’, explica Viana a BBC Mundo. Buena parte de los que entran a Brasil por estas fronteras amazónicas siguen caminos terrestres por Ecuador, Perú o Bolivia, trayectos donde empezaron a operar ‘coyotes’ que cobran dinero a los inmigrantes para guiarlos, según Viana También hay denuncias como la de Riche de robos en la ruta hacia Brasil. ‘Los peruanos engañan mucho a los haitianos; les sacan dinero a la mala, a muchos que caen presos les quitan la plata’, relata.


‘Llevé 130 haitianos’


La presencia de los inmigrantes es visible en las calles y plazas de Brasileia, ciudad de 18.000 habitantes, y han comenzado a surgir quejas de locales que afirman que servicios de correo y hospital a menudo están desbordados. Pero para la mayoría de los inmigrantes aquí, Brasileia es sólo una ciudad de paso donde obtener los papeles para ir a trabajar luego a ciudades del sureste donde hay más oportunidades laborales.


Cléber Dias Silva, gerente de recursos humanos de una empresa de limpieza urbana en el balneario Camboriú (Santa Catarina, sur del país) ha venido a Brasileia por tercera vez desde diciembre para contratar haitianos con licencia de trabajo. ‘Ya llevé 130 haitianos desde diciembre: 87 en diciembre y 43 en enero. Y ahora estamos llevando 42 más’, relata a BBC Mundo en la escuela donde las libretas de trabajo salen como pan caliente.


El viaje en un autobús contratado lleva tres días y medio hasta Camboriú. Silva sostiene que los inmigrantes le resuelven un problema de falta de mano de obra local y que todo se realiza de acuerdo a la ley brasileña. Riche se muestra entusiasmado con la idea de trabajar con Silva. Pero cuando le preguntan por su verdadero sueño se ríe: ‘Me gustaría ser agrónomo’, cuenta. Y tal vez ‘en un futuro’ poder traer a Brasil a sus cuatro hijos.