Además de divertir a varias generaciones con sus voces, Paul Winchell patentó un aparato que permitió crear el primer corazón mecánico funcional. Paul Winchell fue un ventrílocuo estadounidense de origen polaco que, al igual que Mel Blanc, se hizo famoso por prestar su voz a algunos de los personajes animados más populares de la televisión.


Durante casi cuarenta años, su garganta dio vida a personajes como Tigger, el inseparable compañero del osito Winnie The Pooh, Pier Nodoyuna o el malvado Gargamel de los Pitufos.


Lo que muy pocos saben es lo que desvela Javier Peláez en un artículo del blog «Cuaderno de Cultura Científica». Y es que, además de dedicar su vida a hacer reír a la gente, este ventrílocuo, actor y humorista, también diseñó el primer corazón artificial de la historia.


A lo largo de su vida, y gracias a su gran capacidad inventiva, Paul Winchell patentó una treintena de artilugios; desde una maquinilla de afeitar desechable, una pluma estilográfica retráctil o un encendedor sin llama, hasta un liguero invisible. Sin embargo, ninguna de ellas fue tan espectacular como su corazón artificial, un sistema que ha ayudado a salvar miles de vidas.


Una frustración médica


Todo comenzó cuando conoció a Henry Heimlich, el médico inventor de la famosa maniobra de Heimlich, en un programa de televisión. Ambos entablaron una gran amistad y el humorista comenzó frecuentar el hospital donde este trabajaba.


Allí descubrió la frustración de muchos médicos cuyos pacientes fallecían mientras eran operados a corazón abierto. La idea de crear un aparato que bombease la sangre, sustituyendo al corazón durante el tiempo que durase la cirugía empezó a formarse en su mente.


Según relató el propio Winchell en sus memorias, cuando le comentó esta idea a Heimlich, este le recomendó construir un modelo, tal y como hacía con sus muñecos. El ventrílocuo trabajó durante meses, sustituyendo la boca y los ojos móviles de sus marionetas por las válvulas y cavidades de un corazón.


Tras mucho esfuerzo y meses de ensayo y error, consiguió desarrollar un prototipo viable que registró en 1956. La patente, que le fue concedida en 1963, se convirtió en la primera que recogía un dispositivo funcional de corazón artificial.


Tiempo después, Winchell donó la patente a la Universidad de Utah, donde llegó hasta un médico investigador llamado Robert K. Jarvik que, basándose en su funcionamiento, diseñó el Jarvik-7 que en 1982 se convirtió en el primer corazón artificial implantado en un paciente humano.