padresLos hijos están acostumbrados a ser hijos, pero llega un momento, nada sencillo, en que hay que asumir el rol de devolver los cuidados recibidos a sus progenitores. No hay nada que tema más un niño que pensar que sus padres se hacen mayores y que algún día no estarán a su lado para protegerles.


Superada esta etapa —que en unos pequeños es más larga que en otros—, la preocupación retoma protagonismo cuando el envejecimiento de los padres se hace palpable y se observa que ya no son tan ágiles como antes, que hay tareas que ya no son capaces de hacer o que se han quedado atrás en muchas formas de entender el día a día. Eso, sin mencionar que sean presas de alguna enfermedad que entorpezca sus facultades físicas, intelectuales o psíquicas.


Tal y como apuntan algunos psicólogos consultados, «los hijos están acostumbrados a ser hijos» y cuando tienen que servir a los padres no saben muy bien cómo hacerlo, por dónde empezar, hasta dónde pueden tomar decisiones…


Asumir el paso del tiempo a veces resulta muy complicado, tanto como aceptar que los padres ya no son las personas jóvenes que eran y que poco a poco se van convirtiendo en mayores, en ancianos. En algunas personas, este rechazo de la «nueva realidad» les produce rabia, impaciencia y tensión que a veces, precisamente, descargan con sus padres: «papá, ya te he dicho que hay que pedir primero esta receta. Es que no te enterás», «¿pero no te acuerdas mamá que ayer te dijimos que veníamos a comer hoy? Se te olvida todo».


«A ello se añade —apunta Paulino Castells, psiquiatra de familia y profesor de Psicología de la Universidad Abat Oliba Ceu de Barcelona—, que esta circunstancia de que se hagan mayores suele ocurrir cuando los hijos tienen a su vez hijos en edad adolescente, con todos los “problemas” de convivencia que ello supone. Por este motivo, la angustia crece cuando hay unos padres de los que debemos empezar a ocuparnos, mientras que nuestros hijos requieren a su vez mayor atención».


En opinión de este psiquiatra de familia, el envejecimiento hay que verlo «como una lección de vida importante, como una fase muy enriquecedora», y debe ser aprovechada para darles todo lo que ellos nos han dado durante mucho tiempo.


Devolver el cariño recibido


En la misma línea se manifiesta Victoria Cardona, escritora y orientadora familiar, al recordar que los padres nos dan todo su tiempo desde que nacemos. «Llega el momento de devolver con mucho cariño todo lo que recibimos de ellos —matiza—. Esta idea puede hacer más amable el dolor que nos supone ver la pérdida de facultades en su ancianidad. Es un dolor fuerte porque tenemos un vínculo afectivo con ellos no comparable a ningún otro tipo de afecto».


Representa un fuerte impacto emocional el paso del hijo al nuevo papel de convertirse en cuidador después de haber recibido la protección y cuidado de los padres. «Son momentos de dificultades para organizarnos y acompañar a aquellos que han enriquecido nuestra vida —puntualiza Victoria Cardona—. Una organización costosa y distinta para cada caso y cada familia, pero cualquier determinación que se tome debe estar fundada siempre en el agradecimiento, el cariño y el respeto hacia los progenitores».


El primer paso es asumir y aceptar sus limitaciones


Para que el camino sea más fácil, Cardona recomienda que siempre aceptemos las limitaciones que tienen para así ejercer con más intensidad los valores del respeto, de la paciencia y del espíritu de servicio, fundamentados en el amor agradecido. La aceptación nos llevará, también, a no convertirnos en rígidos ni mandones, sino a responder a lo que el abuelo pida, teniendo en cuenta lo que desea, lo que le hace feliz. De hecho por muchos problemas que encontremos nos apoyaremos en el vínculo natural familiar, un vínculo que nos une y que nos motiva para vivir con esperanza esta última etapa de la vida de los abuelos.


La mayoría de ancianos prefieren quedarse en su casa, es su ámbito conocido, el que les da seguridad y contiene todos sus recuerdos por lo que, cuando es posible, los hijos procuran establecer de manera conjunta las ayudas necesarias para no cambiarlos de domicilio. Lo ideal es hacerles compañía para que no se encuentren solos, en función del tiempo que las ocupaciones laborales lo permitan. «Y esta misma atención se debe ofrecer cuando, por deseo de la persona mayor, se opte por el ingreso en una residencia geriátrica», destaca esta orientadora familiar.


Turnos para todos, no sólo para mujeres


Otra opción de algunos matrimonios es acogerles en su casa. Es una buena solución, aunque por ambas partes conviene ser flexible y saber adaptarse a los cambios para no dar lugar a conflictos. La comunicación, el diálogo y la confianza entre padres, abuelos y nietos ayudarán a una buena convivencia. En algunos casos se recurre a residencias de día para aligerar el trabajo que supone la atención de una persona mayor.


Resulta fundamental motivar a los nietos a colaborar en las tareas extraordinarias que surgen en el momento de cuidar a nuestros mayores. De hecho, con orden y turnos establecidos tendríamos que compartir esta etapa todos los miembros de la familia. Todos sabemos que, desgraciadamente, en muchos casos, son sólo las mujeres las que aportan el apoyo principal; no puede recaer todo el peso de la nueva responsabilidad únicamente en ellas.